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Posted by

LordBlazer

on Aug 17, 2009
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El caminante de los suenos

1


LA ESPADA DE LA VERDAD
VOLUMEN 6
El Caminante de los Sueños
TERRY GOODKIND
TIMUN MAS


1
Como copos de nieve que cayeran lentamente en un oscuro sueño, paulatinamente fue recuperando la visión de las cosas; primero fueron los dos fuegos iguales, luego las antorchas, los muros de piedra oscura y, finalmente, las personas.
Por un momento de asombro sintió todo el cuerpo entumecido antes de recuperar la sensibilidad en forma de dolorosos pinchazos. Le dolía en todas partes.
Jagang dio un gran mordisco al faisán asado. Masticó un momento y luego agitó hacia ella la pechuga.
-¿Sabes cuál es tu problema, Ulicia? -le preguntó sin dejar de masticar-. Que usas magia que puedes liberar a la velocidad de los pensamientos.
Los grasientos labios del hombre dibujaron de nuevo una sonrisa de suficiencia.
-En cambio yo -prosiguió- soy un Caminante de los Sueños, lo cual significa que aprovecho el tiempo entre un pensamiento y el siguiente. En esa calma, en la que no hay nada, es en la que yo me deslizo, donde nadie más puede acceder.
Nuevamente agitó la pechuga, mientras tragaba.
-Verás, para mí, en el espacio que queda entre los pensamientos el tiempo es infinito, y puedo hacer lo que me plazca. Es tan imposible que me atrapéis como si fueseis estatuas de piedra.
Ulicia sintió a sus Hermanas a través de la conexión. No se había roto.
-Tosco. Muy tosco -comentó Jagang-. Otros lo han hecho mucho mejor, claro que eran expertos en ello. De momento no romperé la conexión entre vosotras; quiero que todas sintáis lo que experimentan las otras. Ya la romperé más adelante. Del mismo modo que puedo romper la conexión, también puedo quebrar vuestras mentes. -El emperador tomó un trago de vino-. No obstante, no conduce a nada. ¿Cómo enseñas a alguien una lección si su mente es incapaz de comprenderla?
A través de la conexión Ulicia sintió cómo Cecilia perdía el control de la vejiga y la cálida orina descendía por sus piernas.
-¿Cómo? -se oyó Ulicia preguntar con voz cavernosa-. ¿Cómo usas el tiempo entre los pensamientos?
Jagang cogió el cuchillo y se cortó un pedazo de carne de una ornamentada bandeja de plata situada a su lado. Tras hundir la punta del cuchillo en el sangrante centro de la tajada, apoyó los codos en la mesa.
-¿Qué somos todos nosotros? -inquirió, mientras describía un círculo con la tajada ensartada. Por el cuchillo goteaba un hilo de sangre-. ¿Qué es realidad? ¿Cuál es la realidad de nuestra existencia?
A continuación cogió con los dientes la tajada y la fue masticando mientras hablaba.
-¿Somos nuestros cuerpos? En ese caso, ¿una persona menuda es menos que una persona fornida? Si somos nuestros cuerpos y perdemos un brazo o una pierna, ¿tenemos entonces menos existencia y empezamos a desvanecernos? No. Seguimos siendo la misma persona.
»No somos nuestro cuerpo; somos nuestros pensamientos. Lo que pensamos es lo que define quiénes somos y crea la realidad de nuestra existencia. Entre una y otra secuencia de pensamiento no hay nada, simplemente el cuerpo, que espera que los pensamientos nos conviertan en quienes somos.
»Yo me introduzco entre vuestros pensamientos. En ese espacio entre un pensamiento y el siguiente el tiempo no tiene significado para vosotras, pero para mí sí. -Tomó otro trago de vino y prosiguió-: Soy una sombra que se desliza entre las rendijas de vuestra existencia.
A través de la conexión Ulicia percibió que sus compañeras temblaban.
-No es posible -musitó-. Tu han no puede expandir el tiempo ni romperlo.
La condescendiente sonrisa de Jagang dejó a Ulicia sin aliento.
-Por grande y sólida que sea una roca, basta con introducir una pequeña cuña en una grieta para partirla, para destruirla.
»Yo soy esa cuña. Y ahora mismo estoy introduciendo esa cuña a golpe de martillo en vuestras mentes.
Ulicia contempló en silencio cómo el hombre arrancaba con el pulgar una larga tira de tocino de un cochinillo asado.
-Cuando dormís -continuó explicando- vuestros pensamientos flotan y van a la deriva, y sois vulnerables. Cuando dormís sois como un faro que puedo encontrar. Entonces mis pensamientos se introducen en las grietas. Esos pequeños espacios en los que dejáis brevemente de existir para mí son inmensos abismos.
-¿Qué es lo que quieres de nosotras? -preguntó Armina.
Jagang dio un mordisco a la tira de tocino que sostenía con los rollizos dedos.
-Bueno, muchas cosas. Por ejemplo, tenemos un enemigo común: Richard Rahl, al que vosotras conocéis como Richard Cypher. El Buscador. -Jagang arqueó una ceja que enmarcaba uno de sus turbios ojos oscuros.
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