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Posted by

LordBlazer

on Aug 09, 2009
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La Sangre de la Virtud

1


LA ESPADA DE LA VERDAD
VOLUMEN 5
La Sangre de la Virtud
TERRY GOODKIND
TIMUN MAS


Diseño de cubierta: Valerio Viano
Ilustración de cubierta: Douglas Beekman
Título original: Blood of the Fold
Traducción: Joana Claverol
© MCMXCVI Terry Goodkind
Published in agreement with the author, c/o BAROR INTERNATIONAL, INC., Armonk, New York, USA.
© Grupo Editorial Ceac, S.A.
Paseo Manuel Girona, 71 bajos - 08034 Barcelona (España)
Timun Mas es marca registrada por Grupo Editorial Ceac, S.A.
www.editorialceac.com
info@ceacedit.com
ISBN: 84-480-3223-3 (Obra completa)
ISBN: 84-480-3228-4 (Volumen 5)
Depósito legal: M. 5.069-2003
Impreso en España por Mateu Cromo


A Ann Hansen,
la luz de la oscuridad
AGRADECIMIENTOS
Como siempre, doy las gracias a todos quienes me han ayudado: a mi editor, James Frenkel, por el hábil modo en que sigue subiéndome el listón; a mi editora británica, Caroline Oakley, y a la buena gente de Orion por su empeño en seguir tan bien como hasta ahora; a James Minz, por sus magníficas ideas; a Linda Quinton así como al personal de ventas y marketing de Tor, por su pasión y sus triunfos; a Tom Doherty, por su fe, que me anima a seguirme esforzando; a Kevin Murphy por la sobrecubierta merecedora de un premio; a Jeri, por su paciencia; y también quiero dar las gracias al espíritu de Richard y Kahlan, que continúan inspirándome.


1
Exactamente en el mismo momento seis mujeres se despertaron sobresaltadas, y sus gritos resonaron en el atestado camarote de oficiales. La hermana Ulicia oyó jadear a las otras, mientras trataban de recuperar el aliento. La Hermana tragó saliva intentando normalizar su propia respiración e inmediatamente se estremeció al notar un acerado dolor en la garganta. Sentía los párpados húmedos pero los labios estaban tan secos que se los humedeció con la lengua por temor a que se le agrietaran y sangraran.
Alguien aporreaba la puerta y gritaba, aunque para Ulicia aquellos gritos no eran más que un apagado zumbido en la cabeza. Ni siquiera trató de concentrarse en las palabras o en su significado, pues, después de todo, lo que pudiera decir aquel hombre era intrascendente.
La Hermana alzó una trémula mano hacia el centro del camarote, negro como boca de lobo, y liberó su han -la esencia de su vida y su espíritu-, para inmediatamente enviar un punto de calor hacia la lámpara de aceite que sabía que colgaba del bajo bao. Obedientemente, la mecha se encendió emitiendo una sinuosa voluta de hollín que seguía el lento balanceo del barco mecido por las olas.
Todas las demás mujeres estaban tan desnudas como ella misma y se habían incorporado con la mirada fija en el débil resplandor amarillo, como si buscaran salvación o, tal vez, asegurarse de que seguían vivas y que aún podían ver la luz. Al contemplar la llama a Ulicia también se le escapó una lágrima. La oscuridad había sido asfixiante, como si alguien le hubiera tirado encima una gran palada de tierra negra y húmeda.
Tenía las sábanas empapadas de un sudor frío, aunque eso poco importaba, pues el aire marino lo humedecía todo permanentemente, por no hablar de los rociones que calaban las maderas de cubierta y rezumaban luego hasta cualquier cosa que hubiera debajo. Había olvidado ya qué era sentir en la piel ropa o sábanas secas. Ulicia odiaba aquel barco, odiaba aquella interminable humedad, odiaba sus malos olores, odiaba el constante cabeceo que le revolvía el estómago. Al menos seguía viva para odiar el barco. Con cuidado se tragó la bilis que le había subido hasta la garganta.
La Hermana se pasó los dedos por los ojos para secarse la cálida humedad que le pesaba en los párpados y extendió la mano: tenía las yemas relucientes de sangre. Como si su ejemplo les infundiera valor, algunas de las otras también osaron hacer lo mismo. Todas mostraban sangrantes rasguños en párpados, cejas y mejillas causados por ellas mismas al tratar desesperadamente de abrir los ojos para despertar, en un vano intento por escapar de un sueño que no era un sueño.
Ulicia pugnó por aclararse la mente; seguro que no había sido más que una pesadilla.
Con un esfuerzo muy consciente, apartó la mirada de la llama para posarla en sus compañeras. Frente a ella, en la litera inferior vio a la hermana Tovi, encorvada, contemplando fijamente la llama. Gruesos rollos de carne le colgaban con desmayo a los costados como si se solidarizaran con la expresión taciturna de su arrugado rostro. Sentada junto a ella, la hermana Cecilia presentaba un insólito aspecto con sus rizos entrecanos siempre primorosamente peinados ahora alborotados, y su habitual sonrisa reemplazada por una cenicienta máscara de terror. Ulicia se inclinó levemente hacia adelante para echar un vistazo a la litera de arriba. La hermana Armina, que no era tan mayor como las hermanas Tovi ni Cecilia sino que más bien se acercaba a la edad de Ulicia y seguía siendo una mujer atractiva, se veía demacrada. Aunque por lo general solía mostrarse circunspecta, se enjugó la sangre de los párpados con dedos temblorosos.
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