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Colisión: Chica De Dos Mundos

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Helena ya está a la mitad de un combate, sus hábiles manos sujetan el mango de un mazo corto de metal bendito con el que golpea y elimina demonios al azar. Su traje está salpicado parcialmente de las mangas con sangre negruzca de demonio y el ácido empieza a carcomer la tela aunque ella no parece estar enterada. Despacha al último demonio del pequeño grupo que se había reunido a su alrededor, el cuerpo negruzco y machacado aterriza a mis pies y me arranca una muesca de asco con el olor que conlleva. Cuando Helena me ve, su mirada cambia, de intrépida y valiente hasta tímida y asustadiza. El reflejo purpura en sus ojos me recuerda el porque: Olvide la hora que era.


Ellos, los demonios, llegaron antes y nosotras nos retrasamos. El reloj siguio su curso y cuando la primera campanada suena en la catedral de la ciudad mis ojos cambian como los de Helena, inundándome de poder.

Cada noche, en las tres horas oscuras soy invocada en un plano lejos de este mundo, llamada por los ángeles que cantan al sol y reclamada por los demonios que luchan por conseguir mi colaboración en su guerra eterna. La guerra que se lleva a cabo en la tierra, y lo que irremediablemente la destruirá.

¿Qué pasa conmigo? Nada importante, mientras un ángel y un demonio pelean por el control de mi poder estoy vulnerable, al menos hasta que uno de ellos gane y entonces por el tiempo restante de las horas oscuras le perteneceré. ¿Qué soy? No una persona, al menos no una normal, mi madre me lo explico hace años, cuando sucedió la primera rebelión de los Sievert, la misma mujer que me mira con terror confeso alguna vez la razón de mi encierro, ella lo hizo por qué mi vida siempre estuvo en peligro. En lo que ahora es el mundo de los Hijos de Adán he sido colocada junto a mi Línea como un pilar, la hija de dos mundos. Una mezcla que aún no tiene forma y esta en medio de un tira-y-afloja eterno que podría acabar con toda la tierra si no se mantiene un orden.

Dispuesta a morir por mantener un equilibrio, ni al cielo ni al infierno y la tierra es mi castigo. Es mi juramento, el que me obliga a huir cuando están disputando en la otra parte por mi invocación. Soy una Yucka, un pilar del equilibrio en la interminable guerra de ángeles y demonios. Tan poderosa cuando mis ojos se encienden, como vulnerable cuando no lo hacen.

Esta noche soy poderosa, no tardo mucho tiempo para que el cielo lanzara su orden y mi fuerza surgiera desde algún serafin que intenta manipularme como a una marioneta. La luz ha ganado esta noche el control sobre mí y lo agradezco. Los angeles, eternos guerreros de las espadas y las dagas cortas me han heredado por unas horas sus mas fuertes habilidades. Rapidamente y con gracia lanzo una de las dagas de mi cinturón con la suficiente fuerza como para que se incrustara en el cráneo del demonio de Roptera que intentaba atacar a Helena mientras esta se recuperaba de la impresion, ella nunca me había visto cambiar y se ve mas que sorprendida. El demonio al que ataque cae al suelo chillando y supurando el veneno gaseoso que lo transportara al infierno del que viene. Mi madre aun con la expresión de desconcierto despacha a otros dos demonios de roptera con habilidad y se vuelve hacia nosotras para bramar órdenes.

– ¡Annie! – ella grita y mi Nana abre los ojos, lo mas grande posible y levanta una mano que coloca en mi pecho para evitar que siga avanzando, ni siquiera recuerdo haberme movido mientras mi madre despacha demonios que aparecen de la nada, materializándose de la oscuridad y siendo devueltos por los pinchos del mazo. No necesito tener el libro de las almas oscuras para saber que son demonios de Roptera, un demonio de nivel F con características bastante notables. Son pequeños, de la estatura de un niño de siete años cuando se paran sobre dos patas, su cabeza es similar a la de un murciélago y su cuerpo es delgado, parecido al de una lagartija negra con una piel salpicada de espinas venenosas a lo largo del tronco.


Los demonios gruñen cuando Helena los machaca con su arma y los lanza lejos. Cuando mueren, los demonios de Roptera –y todos los demás demonios en general- liberan un gas acido que sirve de portal para su cuerpo, son como  pequeños cráteres que los envían a la boca del infierno de nuevo por lo que lo mejor es alejarse cuando empiezan a desintegrarse.

Rápidamente, el garaje se llena con el aroma dulzón de la muerte demoniaca y Helena logra despejarse de enemigos el tiempo suficiente para seguir dando órdenes a  Nana:
– ¡Sácala de aquí!, ¡ahora!

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