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Misterio en el Nilo

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Quien ha contemplado las estrellas a solas sobre la cubierta de una nave en el Nilo, sabe que no hay espectáculo comparable al abrazo del firmamento derramándose a tu alrededor con sus luces escintilantes. Desde allá arriba, la gran diosa Nut parece posar sobre sus hijos su mano gigantesca, como una madre que hace sentir a su bebé su presencia protectora. Nada puede situarnos en comunión con el universo de mejor forma. Nada puede ofrecernos más paz ni hablarnos con mayor elocuencia acerca de nuestra inmortalidad, de todas las cosas que existen, aunque aún no nos sea dado conocerlas.

Es por esto que me desperté un poco antes de lo necesario y subí a fundirme con la bóveda infinita, tomando fuerzas de ella antes de emprender la visita a Karnak con mis estudiantes.

Tenía mi lugar favorito, protegido del viento pero sin obstáculos visuales, y allí me senté, en calma absoluta, entre las cuatro y las cuatro y media de la madrugada del jueves. Permanecí un rato disfrutando de la calma absoluta y luego, renuente pero obligado, me levanté, y, a modo de despedida, me asomé por la borda y contemplé la luna reflejándose en las plácidas aguas oscuras.

Nada lo presagiaba en aquel momento, pero, exactamente en aquel mismo punto, cuarenta y seis horas más tarde, estaría a punto de arrojar el cuerpo de un hombre a las quietas aguas del Nilo.

¿Quién soy yo? Desde luego, nadie que hiciese sospechar lo sucedido: un profesor de arte de veintiséis años sin mayores tendencias homicidas que las que pueda sufrir cualquier provinciano afectivamente sano, profesional y económicamente satisfecho, culto, practicante de yoga, con un selecto grupo de buenos amigos y considerable sentido del humor.

Imparto clases en un colegio bilingüe andaluz, en una zona donde los nuevos ricos han florecido al mismo ritmo que los cultivos bajo plástico. Mis alumnos, un grupo de veinte híper hormonados de ambos sexos, están en la peor edad, dieciséis o diecisiete años. Sin embargo, les manejo bien (o ellos a mí) y por eso me escogieron como acompañante en su viaje de fin de curso.

Nuestro colegio es de esos de los que fácilmente podría extraerse el guión para una serie juvenil provista de todos los ingredientes para convertirla en un éxito, incluido un secuestro efectivo y tres abortados. Se halla enclavado en un valle reseco de difícil acceso, en medio de montañas de considerable altura. Los alumnos, con el escudo del colegio bien visible en los uniformes, consiguen llegar a él gracias a los autocares que recorren la carretera llena de curvas, estrecha y al borde de un precipicio, dos veces al día. Comen todos en el colegio, pues no existe otra opción, y según el horario asignado a los profesores, muchos corremos la misma suerte.

He impartido clases a este mismo grupo que me acompaña durante dos años. Debido a mi edad, me fue fácil adoptar la pose de coleguilla y hacerme con ellos en poco tiempo. También es cierto que, para los tiempos que corren, son bastante educados, y además, por qué negarlo, soy un buen profesor y me las apaño bien a la hora de hacer las clases amenas y mantener su interés. Cuando un docente se siente apasionado por su asignatura, siempre logra transmitirlo.

Así pues, ajeno todavía a las facetas más oscuras de mi personalidad, descendí a la cubierta inferior bajando con cuidado los escaloncitos metálicos, que se hallaban muy húmedos y resbaladizos, y recorrí el pasillo hasta mi espacioso camarote doble de uso individual.

Teníamos reservados once camarotes dobles que me había ocupado de asignar a parejas de igual sexo, para desconsuelo de algunos y algunas. Una de mis misiones durante el crucero era, según solicitó la madre de una de las alumnas durante la última junta de padres, y en palabras textuales: “Cuidar la virginidad de las chicas”. (He oído que por aquí hay lugares donde realizan la reconstrucción del himen, tal vez se refiriese a eso).

Cargado con una pequeña mochila donde llevaba una guía, el agua y ese tipo de cosas con las que cargamos los turistas, me encaminé a la recepción a las cinco menos cuarto de la madrugada, donde ya estaban mis alborozados estudiantes, y también otras personas que formaban parte del grupo de treinta personas que la agencia de viajes había creado, y que íbamos a compartir un mismo guía.

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