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RELATO DE LA ESCALERA

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RELATO DE LA ESCALERA:

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            Las asas de las bolsas de plástico del super le estaban cortando la circulación a la altura de las muñecas. Había salido, como siempre, corriendo de la oficina,  había parado  en el supermercado a comprar dos o tres cosas que faltaban y que luego resultaron ser ocho o diez y, además, pesadas, se las había enganchado de cualquier manera en los brazos, había cruzado  el semáforo a trompicones, tratando de no  dejarse la barbilla en el asfalto por culpa de  los malditos tacones, acabó con la lengua fuera, delante del portal de su casa,  las bolsas se le habían resbalado y ya las tenía enredadas en las muñecas, como pudo deshizo el enredo y las dejó en el suelo, oyó un crack, probablemente se había roto el bote de mayonesa y todo el contenido de la bolsa se habría manchado, lo que le supondría un trabajo extra y  ya iba contra reloj, tenía que cocinar el almuerzo para comer a las dos y media y ya eran las pasadas las dos.

            Resignada,  dejó las bolsas en el suelo y rebuscó en su bolso, entre el batiburrillo de objetos que acumulaba allí,  las llaves de su casa. A la segunda vuelta de su mano en el fondo oscuro y sin tener que mirar, enganchó el llavero que hacía años le había hecho su hija, tocar las hebras de lana de aquel borlón siempre le recordaba a ella, últimamente con algo de nostalgia, habían pasado muchos años desde que recibió aquel regalo por el día de la madre, estaba sucio, lleno de polvo, pero no se había roto y  a ella le gustaba usarlo, aquellos tiempo quedaban ya muy lejos, su niña había crecido, había mucho que no hacía borlones. Abrió la puerta, volvió a enganchar las bolsas en sus brazos, se le acomodaron justo donde antes le habían cortado la sangre, onde le habían dejado unas profundas marcas rojas, las levantó con fuerza, pesaban,  empujó la puerta con el hombro para poder pasar toda la carga, cerró dando un puntapié.

            Llamó al ascensor. Se encendió la flechita naranja de llamada, oyó el ruido rotundo que indicaba que la máquina había empezado a moverse, pero lo oyó lejos, debía de estar en uno de los últimos pisos, maldijo su suerte, el ascensor tardaría en bajar y ya no podía con tanto peso, se empezaba a plantear subir las escaleras andando, solo eran dos pisos, cuando escuchó un débil chirrido que venía del sótano, aguzó el oído, no oía nada, del hueco de la escalera solo subía silencio, un silencio rancio, pesado y caliente, pero ningún ruido, a pesar de ello su mirada quedó atrapada en la escalera, estaba oscura y silenciosa,  supuso que sería lo habitual, en realidad nunca se había parado a mirarla, ni a escuchar, sin embargo, aquel día, el hueco negro ejercía sobre ella una atracción irresistible, sentía que había algo distinto aunque no era capaz de determinar qué era, esperó sin moverse por si aquello que había sonado volvía a hacerse oír, trató de no mover un músculo, le resultaba difícil, iba aún cargada, sus brazos soportaban el peso en el aire, y  ella trataba de controlar su balanceo, pero oír, lo que se dice oír, solo se  oía su respiración algo agitada por el esfuerzo.

            Quiso aguantar unos minutos más pero sentía que la sangre se le agolpaba a la altura de  las muñecas, iba a hacerse daño de verdad, dejó la compra junto al ascensor que, en aquel preciso instante, hacía notar su presencia con un golpe seco, CLOCK. Abrió la puerta dispuesta a seguir con su rutina, a olvidar el magnetismo que aún le obligaba a mirar hacía el sótano, se convenció de que no tenía tiempo para entretenerse, de que esa extraña sensación que recorría su cuerpo procedía del cansancio, trató de convencerse de que el sudor frío que corría por su espalda era producido por el cambio de temperatura que, con respecto de la calle, tenía el portal, fuera el calor era insoportable, dentro se mantenía cierto fresco aún, pensó que solo había una manera de espantar los malos presentimientos y era ignorarlos, así que sujetó la puerta del ascensor con la espalda y se dispuso a introducir la carga poco a poco. A punto estaba de meter la primera bolsa cuando volvió a oír el chirrido.

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