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#155041
rsaldano
rsaldano

Jun 28, 2009
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09 Un guijarro en el cielo - Asimov, Isaac

Un guijarro en el cielo

Isaac Asimov
Título original: Pebble in the Sky. Traducción de Eduardo Goligorsky. © 1950, Isaac Asimov © 1992, Ediciones Martínez Roca, S. A. Biblioteca Asimov nº 8. ISBN 84-270-1646-8 Edición digital de Umbriel. Mayo de 2002.



2


1
ENTRE UN PASO Y EL SIGUIENTE
Dos minutos antes de desaparecer para siempre de la faz de la Tierra que
conocía, Joseph Schwartz estaba paseando por las tranquilas calles de las afueras de Chicago, recitando a Browning para sus adentros.
En cierto sentido esto resultaba extraño, porque ningún transeúnte que se
hubiera cruzado con Schwartz habría tenido la impresión de que éste era un conocedor de Browning. Joseph Schwartz parecía exactamente lo que era -un sastre jubilado totalmente desprovisto de lo que las personas sofisticadas de nuestros días llaman «una educación formal»-, pero había desahogado una buena parte de su curiosidad en lecturas desordenadas. Una voracidad indiscriminada le había hecho asimilar conocimientos superficiales sobre prácticamente todas las materias, y había conseguido mantenerlo todo ordenado gracias a que poseía una excelente memoria.
Por ejemplo, cuando era más joven había leído dos veces el Rabino Ben
Ezra, por lo que naturalmente se lo s abía de memoria. La mayor parte del poema le resultaba indescifrable, pero durante los últimos años el ritmo de los tres primeros versos había latido al unísono con su corazón; y en aquel día muy soleado y luminoso de comienzos del verano de 1949 Schwartz los declamó para sí en las profundidades de la silenciosa fortaleza de su mente.

¡Envejece a mi lado! Lo mejor aún no ha llegado.
El final de la vida, para el cual fue creado el principio...

Schwartz sentía en toda su plenitud el mensaje del poema. La serenidad de
una vejez acomodada resultaba muy agradable después de los sacr ificios de su juventud pasada en Europa y de los primeros años de su madurez en los Estados Unidos. Tener dinero y una casa propia habían permitido que Schwartz pensara en la posibilidad de jubilarse, y eso era justamente lo que había acabado haciendo. Con una esposa sana, dos hijas felizmente casadas y un nieto que alegraría los últimos y mejores años de su vida, ¿de qué tenía que preocuparse?
Sí, claro, estaba la bomba atómica, pero Schwartz creía en la bondad básica
de la naturaleza humana. No creía que fuese a haber otra guerra. Creía que la Tierra no volvería a ver el infierno solar de un átomo detonado por la ira, de modo que sonreía con tolerancia a los niños con los que se cruzaba deseándoles en silencio un paso veloz y no demasiado difícil a través de la juventud hasta la paz de lo mejor que todavía estaba por llegar.
Levantó el pie para pasar por encima de una muñeca de trapo que sonreía
abandonada en la cuneta, y cuya desaparición todavía no había sido notada. Aún no había terminado de bajar el pie...

En otra zona de Chicago se alzaba el Instituto de Investigaciones Nucleares,
un lugar en el que los hombres quizá también tenían sus teorías sobre el valor esencial de la naturaleza humana, pero donde se avergonzaban un poco de ellas porque aún no se había inventado ningún instrumento capaz de medirlo cuantitativamente. Cuando pensaban en esas cosas, muchas veces era para desear que alguna intervención divina impidiese que la naturaleza humana y el maldito ingenio humano acabaran convirtiendo todo descubrimiento inocente e interesante en un arma mortífera.

3


Sin embargo, y si llegaba a ser n ecesario, el mismo hombre que no podía
lograr que su conciencia controlara la curiosidad que le inspiraban esas investigaciones nucleares, qu e algún día quizá pudieran aniquilar a la mitad de la población de la Tierra, era capaz de arriesgar su vida para salvar la de un semejante sin importancia.
Lo que primero atrajo la atención del doctor Smith fue el resplandor azul que
brillaba detrás del químico.
Lo observó al pasar frente a la puerta entreabierta. El químico era un joven
siempre alegre y animado, y estaba silbando mientras enderezaba una cubeta volumétrica en cuyo interior ya se había alcanzado el volumen deseado de solución. Un polvo blanco caía lentamente sobre el líquido y se iba disolviendo a su debido tiempo. Por un momen to eso fue todo, pero un segundo después el instinto del doctor Smith -que, para empezar, era el causante de que se hubiera detenido delante de la puerta- hizo que se pusiera en acción.

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