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Arthur C. Clarke 3001: ODISEA FINAL Diseño de tapa: Eduardo Ruiz Foto de tapa: © Tim Brown / Tony Stone Images Fotocromía de tapa: Moon Patrol S.R.L. Título original: 3001 The Final Odyssey Copyright © 1997 by Arthur C. Clarke Publicado mediante convenio con The Ballantine Publishing Goup, a división of Random House. Inc. © Emecé Editores S.A., 1997 Alsina 2062 - Buenos Aires, Argentina 2a impresión: 2.000 ejemplares Impreso en Verlap S.A., Comandante Spurr 653, Avellaneda, diciembre de 1997 E-mail: editorial@emece.com.ar http://www.emece.com.ar IMPRESO EN LA ARGENTINA / PRINTED IN ARGENTINA I.S.B.N.: 950-04-1784-7 9.001 Escaneado y corregido por thurston Abril de 2003. Para Cherene, Támara y Melinda: Que sean felices en un siglo mucho mejor que el mío Prólogo Los primogénitos Llámenlos los primogénitos. Aunque ni remotamente eran seres humanos, eran de carne y sangre y, cuando miraron hacia afuera, a través de las profundidades del espacio, sintieron pavor reverencial y curiosidad... y soledad. No bien poseyeron el poder, empezaron a buscar camaradería entre las estrellas. En sus exploraciones se toparon con vida en muchas formas, y observaron la obra de la evolución en mil mundos. Vieron cuan a menudo los primeros chisporroteos tenues de inteligencia brillaban y se extinguían en la noche cósmica. Y debido a que en toda la Galaxia no habían encontrado algo más precioso que la Mente, fomentaron su alborear por doquier. Se convirtieron en labradores en los campos de las estrellas: sembraban y, en ocasiones, cosechaban. Y, en ocasiones, sin apasionamiento alguno, tenían que erradicar los cultivos desviados. Los grandes dinosaurios habían desaparecido hacía ya mucho, su promesa matutina aniquilada por un mazazo al azar proveniente del espacio, cuando la nave de exploración ingresó en el Sistema Solar después de un viaje que ya había durado mil años. Pasó al lado de los congelados planetas exteriores, hizo una breve detención por encima de los desiertos del agonizante Marte, y pronto miró hacia la Tierra. Extendiéndose por debajo de ellos, los exploradores vieron un mundo en el que pululaba la vida. Durante años estudiaron, recogieron, catalogaron. Cuando hubieron aprendido todo lo que pudieron, empezaron a introducir modificaciones. Manipularon, con irregular habilidad, el destino de muchas especies, tanto en tierra como en los mares. Pero cuál de sus experimentos iba a rendir frutos, no lo podrían saber hasta dentro de un millón de años cuando menos. Eran pacientes, pero aún no eran inmortales. ¡Había tanto por hacer en ese universo de cien mil millones de soles, y otros mundos estaban llamando! Así que, una vez más, partieron hacia el abismo, conscientes de que nunca más volverían a esos parajes, y tampoco había necesidad de que lo hicieran: los servidores que habían dejado atrás harían el resto. En la Tierra, los glaciares vinieron y se fueron, mientras que, por sobre ellos, la inmutable Luna todavía conservaba su secreto proveniente de las estrellas. Con ritmo aun menor que el del hielo polar, las mareas de civilización fluían y refluían de un punto al otro de la Galaxia. Extraños y hermosos y terribles imperios se alzaron y desplomaron, transmitiendo su sabiduría a sus sucesores. Y ahora, allá afuera, entre las estrellas, la evolución se dirigía hacia nuevas metas. Hacía mucho que los primeros exploradores de la Tierra habían llegado hasta los límites que permitían la carne y la sangre. No bien sus máquinas fueron mejores que sus cuerpos, ése fue el momento de mudar: primero el cerebro, y después los pensamientos solos; los transfirieron a relucientes hogares nuevos de metal y piedra preciosa: en ellos vagaron por la Galaxia. Ya no precisaban naves espaciales: ellos eran naves espaciales. Pero la era de las entidades-máquina pasó con celeridad. En su incesante experimentación habían aprendido a acumular conocimientos en la estructura del espacio en sí, y a conservar sus pensamientos eternamente en congeladas mallas de luz. En consecuencia, ya como energía pura, ahora se transformaron a sí mismos. En miles de mundos, las cascaras vacías que habían descartado se contraían espasmódicamente un tiempo, siguiendo una vesánica danza de muerte; después se desintegraban, convirtiéndose en polvo. Ahora eran Señores de la Galaxia y podían desplazarse a voluntad entre las estrellas o sumergirse como sutil vaho a través de los intersticios mismos del espacio. Aunque estaban libres, por fin, de la tiranía de la materia, no habían
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