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lastenia

on Jun 13, 2009
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No Puedo Olvidar tu Rostro - Mary Higgins Clark

2


NO PUEDO OLVIDAR TU ROSTRO


MARY HIGGINS CLARK


Prólogo

Hizo cuanto humanamente le fue posible para olvi\-darse de Suzanne. A veces lograba tranquilizarse du\-rante unas horas o incluso conseguía dormir toda la noche. Era la única manera que tenía de funcionar, de seguir adelante con la tarea cotidiana de vivir.
¿Seguía queriéndola o simplemente la odiaba? No acertaba a saberlo con seguridad. Había sido tan her\-mosa, con aquellos luminosos ojos burlones, aquella mata de pelo oscuro, aquellos labios, que lucían una sonrisa seductora con la misma facilidad con que se torcían, como si fuera una niña a la que se le priva de un caramelo.
La tenía siempre en la cabeza, tal como se había mostrado en el último momento de su vida, provocán\-dole primero y dándole la espalda a continuación.
Y ahora, once años después, Kerry no estaba dis\-puesta a permitir que Suzanne descansara en paz. ¡Pre\-guntas y más preguntas! Aquello era intolerable. Había que detenerla.
«Muerto el perro se acabó la rabia. Un viejo refrán que sigue siendo cierto», pensó. Había que detenerla, pasara lo que pasase.


MIÉRCOLES 11 DE OCTUBRE


1

Kerry se alisó la falda de su traje verde oscuro, se ajustó la estrecha cadena de oro que llevaba al cuello y se mesó el pelo castaño claro, que le llegaba a la altura del cuello. No había parado en toda la tarde: tras salir del palacio de justicia a las dos y media y recoger a Ro\-ben del colegio, había salido de Hohokus para luego atravesar el denso tráfico de las calles Diecisiete y Cua\-tro, pasar el puente de George Washington, meterse en Manhattan, aparcar el coche y llegar a la consulta del médico justo a tiempo para la cita que había concerta\-do a las cuatro en punto para Robin.
Ahora, después de todas las prisas, lo único que po\-día hacer era esperar sentada a que la llamasen a la sala de reconocimiento. Hubiera preferido que le permitie\-ran estar con Robin mientras le quitaban los puntos. Sin embargo, la enfermera se había mostrado inflexible:
Cuando está ocupado con un paciente, el doctor Smith no permite que entre nadie en la sala excepto la enfermera.
¡Pero si sólo tiene diez años! había exclamado Kerry antes de guardar silencio y recordar que debía estar contenta de que hubiera sido el doctor Smith el médico a quien habían llamado tras el accidente. Las enfermeras del hospital Saint Luke'sRoosevelt le ha\-bían asegurado que se trataba de un magnífico cirujano plástico y el médico de urgencias le había llegado a de\-cir que el doctor Smith tenía manos prodigiosas.
Mientras recordaba lo ocurrido aquel día, Kerry advirtió que, a pesar de haber pasado ya una semana, todavía no se había recuperado del sobresalto que le había supuesto aquella llamada telefónica. Se había quedado trabajando hasta tarde en su despacho del palacio de justicia de Hackensack para preparar la acusa\-ción de un juicio por asesinato que tenía a su cargo, aprovechando que el padre de Robin, su ex marido Bob Kinellen, había invitado inesperadamente a su hija a ir al Circo de la Gran Manzana de Nueva York y lue\-go a cenar.
El teléfono había sonado a las seis y media. Era Bob. Habían sufrido un accidente. Una furgoneta ha\-bía chocado con su Jaguar cuando salía del garaje. Los cristales que habían salido despedidos produjeron a Robin varios cortes en la cara. La habían llevado ur\-gentemente al hospital Saint Luke'sRoosevelt, desde donde habían llamado a un cirujano plástico. Aunque por lo demás la niña parecía encontrarse bien, la esta\-ban examinando por si tuviera lesiones internas.
Kerry movió la cabeza tratando de ahuyentar el recuerdo de la angustia que la había embargado aquella terrible noche. Había ido a Nueva York a toda prisa, con el cuerpo convulso por los gemidos, una única fra\-se en los labios, «por favor», y la cabeza ofuscada por el resto de la súplica: «Por favor, Dios mío, que no mue\-ra. Es todo lo que tengo. Por favor, no es más que una niña. No te la lleves...»
Ya estaban operando a Robin cuando llegó al hos\-pital, de manera que se sentó en la sala de espera al lado de Bob, con él, pero sin él... Su ex marido tenía esposa y dos hijos más. Kerry todavía podía sentir la intensa sensación de alivio que había experimentado cuando el doctor Smith había aparecido finalmente y, con aire ce\-remonioso y extrañamente condescenciente, había dicho: «Afortunadamente, los cortes no han penetrado profundamente en la dermis. No le quedarán cicatrices. Quiero verla en mi consulta dentro de una semana.»
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