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lastenia

on Jun 13, 2009
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Hija de la Memoria - Kim Edwards

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Hija de la memoria
Kim Edwards




Título original: The Memory Keeper's Daughter
Autor: Kim Edwards
Diseño de cubierta: Opalworks
Composición: L'Avenç

© Kim Edwards, 2005
© traducción, Sandra Campos, 2007
© de esta edición, RBA Libros, S.A., 2007
Pérez Galdós, 36 - 08012 Barcelona
www.rbalibros.com / rba-libros@rba.es

Primera edición: mayo 2007

ISBN: 9788479011161
Ref. OAFI226
Depósito legal: B-21650-2007
Impreso por Novagràfik (Barcelona)

Edición digital: Febrero 2008
Scan: Adrastea. Corrección: Ana María
Para Abigail y Naomi
MARZO DE 1964
I
La nieve empezó a caer horas antes de que el parto empezara. Primero unos cuantos copos en el cielo apagado y gris de última hora de la tarde, y después, volutas que se arremolinaban por el viento alrededor del amplio porche de la entrada. Él estaba a su lado de pie junto a la ventana, observando las repentinas ráfagas de nieve que volaban y se amontonaban luego en el suelo. Se encendieron las luces en todo el vecindario y las ramas desnudas de los árboles se volvieron blancas.
Después de cenar, encendió el fuego, aventurándose a salir a por la leña que había apilado contra el garaje durante el otoño. El frío y el viento le daban en la cara, y la nieve de la entrada le llegaba ya a la mitad de las rodillas. Sacudió la capa blanca que cubría la leña y se la llevó para adentro. Las astillas prendieron fuego enseguida en la chimenea de hierro, y se sentó en el suelo un rato, con las piernas cruzadas, echando más leños y observando las llamas bailar, azuladas e hipnóticas. Fuera, la nieve seguía cayendo con suavidad a través de la oscuridad, densa y brillante como electricidad estática a la luz de las farolas. Cuando se levantó y miró por la ventana, el coche se había convertido en una mullida colina blanca al final de la calle. Y sus huellas, ya habían desaparecido del camino de la entrada.
Se sacudió la ceniza de las manos y se sentó en el sofá junto a su mujer, que tenía los pies apoyados en los cojines, los tobillos hinchados cruzados, y un ejemplar del doctor Spock* balanceándose en el vientre. Absorta en la lectura, se humedecía el dedo índice con saliva, distraídamente, cada vez que pasaba una página. Tenía las manos finas y los dedos cortos, y se mordía ligeramente el labio inferior, mientras leía con atención. Al mirarla, sintió que lo invadía un sentimiento de amor y de asombro. Era su mujer, y en sólo tres semanas, tendrían un bebé. Sería su primer hijo. Llevaban sólo un año de casados.
Cuando él le cubrió las piernas con la manta, ella levantó la vista y sonrió.
-¿Sabes? Me he estado preguntando cómo debe de ser -dijo-. Antes de nacer, me refiero. ¡Qué lástima que no nos acordemos!
Se abrió la bata y se subió el jersey que llevaba debajo, dejando al descubierto un vientre tan redondo y duro como un melón. Pasó la mano por la superficie lisa; la luz del fuego le recorría la piel y le proyectaba oro rojizo en el pelo.
-¿Crees que es como estar dentro de una farola? En el libro pone que la luz traspasa la piel y que el niño ya ve.
-No lo sé -dijo él.
Ella rió.
-¡Como que no! ¡Tú eres el médico!
-Soy traumatólogo -le recordó-. Podría decirte cómo es la estructura ósea del feto, pero eso es todo.
Le levantó el pie, hinchado dentro del calcetín azul cielo, y empezó a masajearlo con delicadeza: el fuerte tarso, los metatarsianos y las falanges, escondidos bajo piel y los músculos, a punto de abrirse como un abanico. Su respiración llenó la silenciosa habitación, su pie le reconfortó las manos, e imaginó la perfecta simetría de los huesos. Durante el embarazo, la había encontrado hermosa, con sus finas venitas azules apenas visibles a través de la piel pálida y blanca.
Había sido un embarazo excelente, sin restricciones médicas. Aun así, hacía unos meses que era incapaz de hacerle el amor. En cambio, quería protegerla, ayudarla a subir las escaleras, envolverla en mantas, llevarle tazas de natillas.
-No estoy inválida. Ni soy ningún polluelo que hayas encontrado en el prado -protestaba cada vez riendo, aunque agradecida por sus atenciones.
A veces él se despertaba y la observaba mientras dormía: las palpitaciones de los párpados, el lento movimiento acompasado de su pecho, la mano extendida, tan pequeña que cabía completamente en la suya.
Tenía once años menos que él. La había visto por primera vez, hacía apenas un año, mientras subía por las escaleras mecánicas de unos grandes almacenes del centro, un sábado gris de noviembre, mientras él compraba corbatas. Tenía treinta y tres años y llevaba poco tiempo en Lexington, Kentucky, y ella salió de entre la multitud, irreal, el pelo rubio recogido en un elegante moño, perlas brillantes en el cuello y en las orejas. Llevaba un abrigo verde oscuro de lana y tenía la piel limpia y blanca. Él se dirigió a las escaleras, abriéndose paso a empujones hacia arriba a través del gentío, luchando para no perderla de vista. Ella iba al cuarto piso, lencería y medias. Mientras la seguía por pasillos estrechos y por estantes de combinaciones, sujetadores y bragas, una dependienta vestida de azul marino y cuello blanco lo detuvo, sonriendo, preguntándole si lo podía ayudar.
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