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lastenia

on Jun 13, 2009
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En casa de los Krull - Georges Simenon

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GEORGES SIMENON
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Traducción de









Ilustración de la cubierta: detalle de The house of mystery (La maison Rose) de W. Degouve de Nuncques, óleo sobre lienzo: Colección Kröller-Müller Museum, Otterlo,




GEORGES SIMENON


Chez Krull


En casa de los Krull


Traducción de Carlos Pujol



Título original: Chez Krull
1.ª edición: julio 2002
Traducción: Carlos Pujol, 2002

ISBN: 84-8310-211-0










Andanzas 482
En casa de los Krull

Simenon, Georges

España (01/07/2002)
ISBN: 84-831-211-0
224 pág.











Georges Simenon escribió En casa de los Krull en 1938, y en ella reflejó la angustia que la situación prebélica le provocaba. En la novela, las coincidencias con su propia biografía y las referencias a su familia son numerosas: Hans Krull, el protagonista, es alemán; tiene primos franceses, también apellidados Krull, y la ciudad en la que viven, aunque no se la menciona por su nombre, es un claro reflejo de Lieja, donde en realidad vivía la familia de origen belga-holandés de los Brüll (la familia del autor por parte materna), a corta distancia de sus primos alemanes, también Brüll.

La familia de los Krull regenta una pequeña tienda a la que acuden sobre todo los marineros de un canal cercano. Un buen día llega de Alemania el primo Hans, que se instala en la casa sin aclarar del todo ni el motivo ni la duración de su estancia. Su presencia crea de inmediato tensiones en el seno de la familia: su excesiva familiaridad, sus relaciones con su prima Liesbeth, y su personalidad, en fin, tan opuesta a la de Joseph, hermano de ésta, dotan a Hans de un aura extraña e inquietante. Sólo el anciano padre Krull parece no darse cuenta de los cambios que la llegada del joven alemán ha provocado. Un día, Hans descubre en las aguas del canal el cuerpo de una joven que ha sido violada y estrangulada. La inquietud se extiende por la ciudad, y las sospechas encienden enseguida viejos rencores raciales a los que los Krull no son ajenos...

















1



De la casa de los Krull, de la familia Krull, lo primero que vio Hans -que también era un Krull, pero genuino, un Krull de Alemania-, incluso antes de bajar del taxi, fue un anuncio en papel transparente pegado a la puerta acristalada de la tienda.
Lo curioso es que con tantos detalles que llamaban su atención sólo se fijara en ese anuncio del que descifró al revés las dos palabras: Almidón Remy. El fondo era azul, de un bonito azul ultramar, y un león blanco y pacífico ocupaba el centro de la imagen.
En aquellos momentos todo lo demás sólo existió en función de ese león de melena inmaculada como ropa blanca: otro anuncio, también transparente, con las palabras AZULETE RECKITT, pero éste, sin que supiera por qué, para él sólo representaba un papel de comparsa; una palabra pintada en amarillo, con una parte de las letras sobre el cristal izquierdo de la puerta, y el resto en el derecho: CANTINA; un escaparate lleno de jarcias, faroles, cuerdas de polea y partes de aparejos; finalmente, en algún lugar bajo el sol había un canal, árboles, chalanas inmóviles, y a lo largo del muelle un tranvía amarillo corría campanilleando.
-¡Almidón Remy! -deletreó Hans al bajar del coche.
Aquello tenía para él un aire como de tótem, sobre todo porque Hans comprendía mal el francés e ignoraba lo que quería decir.
Mientras levantaba la cabeza y se guardaba el cambio en el bolsillo, pensó: «¡Ahora veremos cómo son los Krull de Francia!».
Encima de la tienda había una ventana abierta, y podía verse la mitad superior de un joven en mangas de camisa sentado ante una mesa llena de cuadernos. De otro sector de la casa brotaban sonoros acordes de piano.
De pronto, Hans descubrió más allá de todo aquel muestrario de artículos de navegación, en una penumbra que parecía lejana, la frente de una mujer, unos cabellos grises, unos ojos. En aquel mismo instante, y como enmarcado en un cuadro, el joven en mangas de camisa se asomó a la ventana del primer piso y miró con curiosidad hacia el taxi; a la derecha se abrió otra ventana y apareció la cara angulosa de una muchacha.
Sólo tenía que recorrer tres metros de acera, empujar una puerta acristalada. En la mano izquierda Hans llevaba una maleta de cuero amarillo, o, más exactamente, de un falso cuero pero muy bien imitado, como saben hacerlo en Alemania. Al ser alto, daba grandes zancadas. Un paso. Dos pasos. Alargó el brazo para girar el picaporte, y la puerta se abrió sola, mientras una voz singular, una voz de mujer, pero ronca, una mezcla cacofónica de sonidos graves y agudos, chillaba sobreponiéndose a todos los demás ruidos:
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