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lastenia

on Jun 13, 2009
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Por Siempre Mia - Mary Higgins Clark

2


Mary Higgins Clark









POR SIEMPRE MÍA























Título original: You Belong to me
Traducción: Silvia Komet












Con amor para mi marido, John Conheeney, y para nuestros nietos Elizabeth y David Clark, Andrew, Courtney y Justin Clark, Jerry Derenzo, Robert y Ashley Lanzara, Lauren, Megan, Kelly y John Conheeney, David, Coutney y Thomas Tarleton










AGRADECIMIENTOS


Mil gracias, como siempre, a mi editor Michael Korda y a su socio Chuck Adams, maravillosos amigos y excelentes consejeros.
Mi bendición a Rebecca Head, Carol Bowie y a la correctora Gypsy da Silva que, otra vez, se ha quemado las pestañas con mi original.
También le estoy muy agradecida a mi amiga y agente publicitaria Lisl Cade, cuyos consejos y amistad tanto valoro. También doy las gracias a mi agente literario, Eugene Winick, que siempre me apoya incondicionalmente.
Un aplauso para mi hija Carol Higgins Clark por sus comentarios siempre tan agudos a medida que se desarrolla la novela.
Por último, gracias, a él, John Conheeney, mi marido, y a toda mi familia por el apoyo y la comprensión.
Os quiero.


PRÓLOGO

Ya había jugado otras veces al mismo juego y pensaba que la espera resultaría aburrida. Pero se llevó la agradable sorpresa de comprobar que era de lo más emocionante.
Había subido a bordo el día anterior, en Perth, Australia, y pensaba navegar hasta Kobe; pero como la había descubierto enseguida, no serían necesarios tantos puertos. La vio sentada a una mesa junto al ventanal, en el comedor acristalado del transatlántico, un espacio discreto y elegante, típico del Gabrielle. El crucero de lujo tenía el tamaño perfecto para sus propósitos; de hecho, siempre viajaba en barcos pequeños y escogía una parte conveniente del recorrido.
Era cuidadoso por naturaleza, aunque en realidad resultaría improbable que lo reconocieran antiguos compañeros de viaje. Tenía un gran dominio para modificar su apariencia, talento que había descubierto en el teatro de aficionados de su época de estudiante.
Mientras examinaba a Regina Clausen pensó que no le iría mal aprender a maquillarse. Era una de esas cuarentonas que, de saber vestirse y presentarse, suelen ser bastante atractivas. Llevaba un traje de noche azul claro, muy caro, que le habría quedado estupendamente a una rubia, pero a ella, con ese cutis tan claro, no la favorecía en absoluto y la hacía parecer marchita y pálida. El cabello castaño claro, natural y favorecedor si no hubiera llevado un peinado tan rígido, la avejentaba y le daba un aire antiguo, como de matrona de suburbio de los años cincuenta.
Por supuesto que él sabía quién era. La había visto en acción en la reunión de accionistas hacía sólo unos meses. También la había observado desempeñarse en la CNBC como analista financiera. En ambas ocasiones se había mostrado muy firme y segura de sí misma.
Por eso, cuando la vio sentada sola y nostálgica a esa mesa, y más tarde, cuando presenció su turbación y su placer casi infantil cuando uno de los pasajeros la sacó a bailar, supo de inmediato que iba a ser una presa fácil.
Levantó la copa y, con un gesto apenas perceptible, le ofreció un brindis: Tus plegarias han sido atendidas, Regina. A partir de ahora serás por siempre mía, le prometió en silencio.


TRES AÑOS MÁS TARDE


1


La doctora Susan Chandler caminaba en medio de una tormenta de nieve desde el edificio de Greenwich Village donde tenía su apartamento a su consulta en el Soho, ubicada en una casa de finales de siglo. No sólo tenía éxito como psicóloga clínica, sino que además era una especie de personaje público gracias al popular programa de radio Pregúntale a la doctora Susan, que se emitía de lunes a viernes.
El viento frío de esa mañana de octubre soplaba con fuerza. Susan se alegró de haberse puesto el jersey de cuello alto debajo de la chaqueta del traje.
El pelo rubio oscuro, que le llegaba a los hombros, aún estaba húmedo por la ducha y al ver cómo se lo revolvía el viento, se arrepintió de no llevar un chal. Recordó la sempiterna advertencia de su abuela: «No salgas con la cabeza mojada que pillarás un resfriado de muerte», y se dio cuenta de que últimamente pensaba mucho en la anciana Susie. Claro, la abuela se había criado en Greenwich Village, y Susan a veces se preguntaba si su espíritu no rondaría por los alrededores.
Se detuvo en el semáforo de Mercer y Houston. Apenas eran las siete y media y todavía no había mucha gente en la calle; dentro de una hora estaría repleta de neoyorquinos que volvían al trabajo con cara de lunes.
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