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ORSON SCOTT CARD
Mapas en un Espejo LIBRO 4 MILAGROS CRUELES CUENTOS SOBRE LA MUERTE, LA ESPERANZA Y LO SAGRADO INTRODUCCIÓN Creo que la ficción especulativa -en particular la ciencia ficción- constituye el último baluarte americano de la literatura religiosa. Este comentario puede resultar extraño, pues la ciencia ficción requiere que los dioses estén ausentes o explicados. En cuanto un personaje reza y obtiene una respuesta que no se explica mediante fenómenos naturales, el cuento deja de ser publicable como ciencia ficción. La danza de la muerte de Stephen King, por ejemplo, empieza como ciencia ficción -un virus fugitivo destruye a casi toda la humanidad- y los sueños místicos de algunos personajes serían aceptables para el género, ya que el inconsciente colectivo de Jung ha ganado un lugar controvertido como harina legítima para el costal de la ciencia ficción. Pero cuando al final el dedo de Dios baja del cielo y destruye el misil nuclear de Caminante, bien, se cruza una frontera y la novela se convierte en fantasía o literatura religiosa. Sería fantasía si ese dios no formara parte de las creencias de los lectores en la vida real. Sería literatura religiosa si se diera por sentado que los lectores creen que esas intervenciones divinas ocurren en la realidad. Pero ninguna narración se sostiene como ciencia ficción si los dioses son tanto sobrenaturales como reales en el mundo del relato. ¿Por qué digo entonces que la ciencia ficción es el último baluarte de la literatura religiosa americana? Hay que comprender que lo que en la actualidad pasa por literatura religiosa en Estados Unidos es literatura proselitista. Las categorías Religioso, New Age y Ocultismo contienen elementos muy similares: ¿no es maravilloso que nosotros comprendamos la verdad y vivamos acorde con ella, y no es una pena que esos pobres diablos se queden al margen? Sus ficciones (cuando escriben ficciones) son autocomplacientes. No exploran, sino que afirman. Brindan a los lectores un estímulo emocional relacionado con la pertenencia a una fe determinada. Creo que la verdadera literatura religiosa opera de otro modo. Explora la naturaleza del universo y descubre un propósito oculto. Al hallar ese propósito encontramos a Dios, porque en todas las religiones de todos los tiempos, al margen de la descripción externa de Dios o los dioses, la deidad cumple la misma función: Él (o ella, o ellos) es el planificador, el diseñador. Y los seres humanos seguimos ese plan, con o sin nuestro conocimiento o consentimiento (ello depende de nuestra teología). Creo que la literatura existencialista pertenece a esta categoría, pues aunque los personajes, al cabo de una prolongada búsqueda, descubren que no hay Dios y por tanto no hay propósito, la historia trata sobre la necesidad y búsqueda del propósito, y el clímax es el descubrimiento de su ausencia. Las historias sobre la inexistencia de Dios hablan de Dios, y por tanto forman parte de la literatura religiosa. La necesidad de descubrir un propósito en nuestra vida es una apetencia humana universal. Incluso las personas más despreciables y malvadas procuran encontrar sentido a su autogratificación; y las personas más loables eluden las alabanzas atribuyendo sus obras a los propósitos de un ser superior. Sin embargo, en las historias «verdaderas» que hoy se cuentan para explicar la conducta humana hay una tendencia a soslayar el análisis del propósito, del motivo. Solemos aceptar que una causación mecánica -sin propósito- explica las cosas que hace la gente. Juan Siniestro es un criminal porque sus padres le pegaban o por un desequilibrio químico cerebral o por un trastorno genético que eliminó la función que denominamos conciencia moral. Juanita Diestra, en cambio, actúa con altruismo porque compensa una sensación de desajuste o padece un trastorno cerebral que estimula en exceso su responsabilidad. Estas explicaciones de la conducta humana pueden ser acertadas; la cuestión me interesa, pero para las sociedades humanas en realidad es irrelevante que sean acertadas o no. Una comunidad que usa la causación mecánica para explicar la conducta humana no puede sobrevivir, porque sus miembros no son responsables de su conducta. Sin importar cómo expliquemos el origen de una conducta humana, una comunidad debe continuar juzgando al infractor sobre la base de sus intenciones, en la medida en que esas intenciones se puedan comprender (o conjeturar, o suponer). Por eso los padres inevitablemente formulan a los hijos
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