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FcoJavier

on Jun 09, 2009
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Saga Cormyr I - Ed Greenwood & Jeff Grubb

1


REINOS OLVIDADOS
LA SAGA DE CORMYR
Volumen I
CORMYR
Ed Greenwood y Jeff Grubb

Este libro está dedicado a Jen y a Kate, quienes han hecho gala
de una gran capacidad de comprensión mientras lo escribíamos.
Con todo nuestro amor, siempre,
E.G. y J.G.
Y en esta tierra orgulloso me yergo
hasta el día en que muera, señor;
pues quienquiera que sea nuestro soberano,
yo, señor, cormyta valiente seré.
La fanfarronada cormyta, atribuida a Chanthalas,
maestro de bardos

Nota acerca de la cronología
En los Reinos, las nomenclaturas tradicionales de los años fueron establecidas por el profeta Alaundo, poderoso mago de antaño que aún goza de gran estima, ya que sus profecías se han cumplido inexorablemente hasta nuestros días. Los años anteriores a Alaundo no acostumbran a tener un nombre propio. En los Reinos, todos los años que siguen a Alaundo (hacia el -200 del Calendario de los Valles) poseen nombres oficiales.
Cormyr cuenta con calendario propio, establecido durante la coronación del primer rey Obarskyr, y de la fundación oficial de la nación como tal. No obstante, para facilitar las cosas al lector, tanto los autores como el acosado editor han optado por recurrir al calendario original de Alaundo, y al más conocido, a la par que similar, Calendario de los Valles.

Prólogo
El territorio del dragón,
antes de que los años tuvieran nombre
(-400 del Calendario de los Valles)
Thauglor, soberano del País de los Bosques, emprendió un descenso alabeado y rasante. A su alrededor, el viento silbaba hasta semejar el zumbido de un zángano, y las copas de los árboles del valle se alzaban velozmente para salir a su paso. Profirió un profundo ronquido, y el pequeño rebaño de búfalos abandonó rápidamente su escondrijo para emprender el trote con torpeza entre bufidos de pánico. Al sobrevolarlos la sombra de Thauglor, buena parte de las bestias cambió de dirección, decididas a adentrarse en el bosque.
«Mala cosa», pensó Thauglor. El dragón volvió a inclinar todo su peso sobre un ala, y a continuación cortó el paso a las bestias que tenía a la vista, profiriendo un nuevo rugido. La veintena de animales que habían permanecido inmóviles giraron en redondo, provocando una confusa nube de polvo acompañada por el retumbar de cascos, para encaminarse en dirección opuesta, de vuelta al claro donde Thauglor pretendía enfrentarse a ellos.
El gigantesco dragón negro desplegó las alas, que batió con fuerza agitando el aire veraniego y estancado mediante largos y firmes aleteos, con intención de atrapar a las bestias en plena estampida, justo cuando abandonaban la protección que les ofrecía el bosque. Por un fugaz instante, alcanzó a oír el rumor confuso, la agitación de la huida frenética que tenía lugar bajo sus pies. Tras sobrevolar las copas de los árboles, con tal de emprender el ataque sobre las bestias que corrían por la superficie, Thauglor tuvo que encoger ambos extremos de sus alas, y disponerse a evitar los robles y la maleza.
Thauglor el Negro y la manada de búfalos alcanzaron el claro a la vez.
El esperado pliegue del terreno, al pie de donde se encontraban los árboles, obligó al enorme dragón a elevarse ligeramente cuando la primera forma temblorosa y marrón abandonó el abrigo de los árboles. La gigantesca sombra de Thauglor se cernió sobre ellos, mientras el sol estival brillaba en lo alto hasta penetrar la delgada membrana de sus alas. El asustado rebaño intentó volver sobre sus pasos, en busca de la dudosa protección que ofrecían los árboles, aunque para entonces los búfalos ya estaban perdidos.
El dragón rugió por tercera vez, un rugido triunfal, y acto seguido cayó sobre los animales amontonados, atemorizados. Mugían y se volvían de un lado a otro en todas direcciones, mas Thauglor se movía entre ellos con cruel precisión.
Su generosa forma surcada de escamas cayó sobre uno de los animales indefensos, para partir su espinazo, deteniéndolo en seco. Thauglor extendió sus garras para arrancar las tripas de una pareja de búfalos que huían. Justo cuando se esforzaban por librarse de las garras, entre desgarradores mugidos, el dragón clavó las mandíbulas en torno a una cuarta presa, sorprendido de que uno de sus huesos se astillara y terminara entre sus dientes.
La presa, moribunda, atacó los dientes que la aprisionaban, sin caer en la cuenta de que estaba muriendo. Cejó en su empeño, ansiosa por obtener una liberación que no llegaría. El impresionante wyrn zarandeó al búfalo como el gato zarandea al ratón, antes de arrojarlo al suelo. El búfalo chocó contra el suelo con un golpe sordo, húmedo, desagradable, después lo recorrió un espasmo y, por fin, quedó sumido en una inmovilidad absoluta, sin vida para seguir luchando.
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