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Cordelia

on May 28, 2009
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Las luces de septiembre - Carlos Ruiz Zafón

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CARLOS RUIZ ZAFÓN
LAS LUCES DE SEPTIEMBRE


Amigo lector:
A veces, los lectores recuerdan mejor una obra que su propio autor. Recuerdan sus personajes, sus conflictos, su lenguaje y sus imáge\-nes con una benevolencia que desarma al novelis\-ta, que empieza a olvidar tramas y escenas que es\-cribió hace ya quizá más años de los que desearía. Eso me sucede a mí a veces con las tres primeras novelas «juveniles» que escribí y publiqué durante la década de los noventa, El Príncipe de la Niebla, El Palacio de la Medianoche y esta Las Luces de Sep\-tiembre que ahora sostienes en las manos. Siempre me ha parecido que estos tres libros formaban un ciclo de historias con muchas cosas en común y que, de alguna manera, intentaban parecerse a los libros que a mí me hubiese gustado leer en mi adolescencia.
Escribí Las Luces de Septiembre en Los Ángeles entre 1994 y 1995, con la intención de rematar algu\-nos elementos que me parecía que no había sabido resolver tal como me hubiese gustado en El Príncipe de la Niebla. Revisándola hoy me doy cuenta de que la novela tiene más elementos de construcción cine\-matográficos que literarios, y que para mí siempre estará vinculada a las largas horas que pasé en com\-pañía de sus personajes frente a un escritorio que miraba desde un tercer piso en Melrose Avenue y desde el que veía las letras de Hollywood en las co\-linas.
La novela está concebida como una historia de misterio y aventura para lectores que, como los es\-pectadores de la mayoría de las películas que me rondaban la cabeza por entonces, eran jóvenes de espíritu y, con suerte, también de años. Nada de eso ha cambiado después de todo este tiempo.
Lo que sí ha cambiado, y ya era hora de que así fuera, es que por primera vez desde 1995 esta nove\-la aparece publicada en una edición digna y en con\-diciones de honradez y decoro que lamentablemen\-te nunca tuvo.
Confío en que la disfrutes, ya seas un lector jo\-ven o estés deseando volver a serlo. Me gusta pensar que, con tu ayuda, seré capaz de recordar ahora me\-jor esta novela y las dos que la precedieron y que podré permitirme el lujo de volver a vivir la aventura de Las Luces de Septiembre y de aquellos años en que yo también me creía joven y las imágenes y las palabras parecían ser capaces de todo.
Buena lectura y hasta la vista.




Querida Irene:
Las luces de septiembre me enseñaron a recordar tus pasos desvaneciéndose en la ma\-rea. Sabía ya entonces que la huella del invierno no tardaría en borrar el espejismo del último verano que pasamos juntos en Bahía Azul. Te sorprendería com\-probar lo poco que ha cambiado todo desde entonces. La torre del faro sigue alzándose como un centinela entre las brumas, y la carretera que bordea la Playa del Inglés es apenas ya un pálido sendero que serpen\-tea entre la arena hacia ninguna parte.
Las ruinas de Cravenmoore se insinúan sobre la arboleda del bosque, silenciosas y envueltas en un manto de oscuridad. En las cada día menos frecuentes ocasiones en que me aventuro bahía adentro en el ve\-lero, todavía puedo ver los cristales agrietados en los ventanales del ala oeste, brillando como señales fantasmagóricas entre la niebla. A veces, embrujado por la memoria de aquellos días en que surcábamos la ba\-hía de vuelta al puerto al caer la tarde, me parece vol\-ver a ver las luces parpadeando en la oscuridad. Pero sé que ya no hay nadie allí. Nadie.
Te preguntarás qué ha sido de la Casa del Cabo.
Pues bien, sigue allí, aislada, enfrentándose al océano infinito desde el vértice del cabo. El pasado invierno un temporal desguazó lo que quedaba del pequeño embarcadero de la playa. Un acaudalado joyero veni\-do de alguna ciudad sin nombre se vio tentado a adquirirla por una suma irrisoria, pero los vientos de poniente y el embate de las olas en los acantilados se encargaron de disuadirlo. El salitre ha hecho su mella en la madera blanca. La senda secreta que conducía hasta la laguna es ahora una jungla impenetrable, re\-pleta de arbustos salvajes y ramas caídas.
De tarde en tarde, cuando el trabajo en el muelle me lo permite, cojo la bicicleta y me acerco hasta el cabo para contemplar el crepúsculo desde el porche suspendido en los acantilados: solos yo y una bandada de gaviotas, que parecen haberse adjudicado el papel de nuevos inquilinos sin pasar por el despacho de no\-tario alguno. Desde allí todavía puede verse cómo la luna dibuja una guirnalda de plata hacia la Cueva de los Murciélagos al alzarse sobre el horizonte.
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