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rsaldano

on May 23, 2009
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08 Las Corrientes del Espacio - Asimov, Isaac

1


L a s c o r r i e n t e s d e l L a s c o r r i e n t e s d e l
e s p a c i o e s p a c i o
I s a a c A s i m o v I s a a c A s i m o v








Para David
que tardó en venir,
pero valía la pena esperarle.



Prólogo

Un año antes



El hombre de Tierra tomó una decisión. Había sido lento en tomarla y desarrollarla, pero por fin llegó.
Habían transc urrido ya semanas desde que sintió por última vez la reconfortante cubierta de su nave y el frío y
negro manto del espacio que la envolvía. Inicialmente había tenido intención de hacer un rápido informe a la
oficina central del Centro Analítico del Espacio Interestelar y retirarse rápidamente al espacio, pero había sido
retenido allá.
Era casi como una prisión. Se sirvió el té y miró al hombre que tenía delante por encima de la mesa.
-No voy a quedarme más tiempo -dijo.
El otro tomó también su decisión. Había sido lento en tomarla y desarrollarla, pero por fin llegó. Necesitaría
tiempo, mucho más tiempo. La respuesta a las primeras cartas había sido nula. Por el resultado obtenido lo
mismo hubieran podido caer en una estrella.
No dieron ni mejor ni peor resultado del que esperaba, pero era sólo el primer movimiento.
Era indudable que mientras se produjesen los siguientes no podía permitir que el hombre de Tierra se pusiese
fuera de su alcance. Acarició la regla negra que llevaba en el bolsillo.
-No aprecias lo delicado del problema -dijo.

-¿Qué delicadeza puede haber en la destrucción de un planeta? -dijo el hombre de Tierra-. Quiero que radies los
detalles de todo esto a Sark; a todo el mundo del planeta.
-No podemos hacer eso. Ya sabes que significaría él

-No podemos hacer eso. Ya sabes que significaría el pánico.
-Al princ ipio dijiste que lo harías .
-Lo he pens ado mejor y no es práctico.
-El representante del CAEI no ha llegado -dijo el hombre de Tierra volviendo a su segunda preocupación.
-Lo sé. Están preparando el procedimiento indicado para estos momentos críticos. Un día o dos.
-¡Otro día o dos! ¡Siempre un día o dos! ¿Tan ocupados están que no pueden dedicarme un momento? ¡Ni
siquiera han visto mis cálc ulos!
-Me he ofrecido a llevárselos y no quieres.
-Sigo sin querer. O vienen ellos a mí o voy yo a ellos. ¡Me parece que no me crees! -añadió violentamente-. ¿No
crees que Florina será destruida?
-Te creo.
-No. Sé que no. Veo que no. Me estás adulando. No puedes comprender mis datos. No eres un analista
es pacial. No c reo que seas siquiera lo que dices ser. ¿Quién eres?
-Te estás excitando.
-Sí, es verdad. ¿Es acaso sorprendente? ¿O es que estás pensando: «Pobre hombre, el espacio ha podido con
él...»? Crees que estoy loco.
-¡Qué tontería!
-¡Seguro, lo crees! Por eso quiero ver a los del CAEI. Sabrán si estoy loco o no. Lo sabrán...
El otro le recordó su decisión.
-Ahora no te sientes bien -le dijo-. Voy a ayudarte.
-¡No! -exclamó el hombre de Tierra histéric amente-. ¡Porque voy a marcharme! Si quieres detenerme, mátame.
Pero no te atreverás. La sangre de la población de un mundo entero caería sobre tus manos si me matases.
El otro empezó a gritar también para hacerse oír.
-¡No te mataré! ¡Escúchame, no te mataré! ¡No hay necesidad de matarte!
1


-¿Me vas a atar? -preguntó el hombre de Tierra ¿Me vas a mantener aquí? ¿Es esto lo que piensas? ¿Y qué
harán cuando el CAEI empiece a buscarme? Tengo que mandar informes regularmente, ya lo sabes.
-El Centro s abe que conmigo están seguros.
-¿Sí? No sé si saben siquiera que he llegado al planeta. ¡Habrán recibido mi mensaje original!
El hombre de Tierra es taba agitado.
Sentía sus miembros rígidos. El otro se levantó. Veía claramente que ya era hora de tomar su decisión. Avanzó
lentamente hacia la larga mesa donde estaba sentado el hombre de Tierra. Sac ó su negra regla del bolsillo y
con voz suave, dijo:
-Será por tu propio bien.
-Es una prueba psíquica -graznó el hombre de Tierra con voz turbada. Trató de levantarse pero sus brazos y
piernas apenas temblaban.
-¡Drogado! -dijo entre sus dientes, que castañeaban. -¡Drogado! -asintió el otro-. Ahora escucha. No te haré
daño. Te es difícil entender la verdadera delicadeza del asunto mientras estás tan excitado. Te quitaré sólo la
excitación. Sólo la excitación.
El hombre de Tierra no podía ya hablar. Permanecía sentado allí. Sólo podía pens ar de una manera turbia, Gran
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