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rsaldano

on May 23, 2009
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07 En la Arena Estelar - Asimov, Isaac

1


EN LA ARENA
ESTELAR











Isaac Asimov


Isaac Asimov


Título original: The Stars Like Dust
Traducción: Francisco Blanco
© 1955 By Isaac Asimov
© 1979, Ediciones Martínez Roca S. A.
Gran Vía, 774 - Barcelona
ISBN 84-270-0516-4
Edición digital de Umbriel. Mayo de 2002.
R6 05/02


A Gertrude, con la cual he estado casado, muy satisfactoriamente,
durante 8 años, 1 mes, 2 semanas, 1 día, 2 horas, 45 minutos y algunos segundos .


1 - El murmullo del dormitorio
Había un tenue murmullo en el dormitorio, casi imperceptible, un ligero sonido irregular,
inequívoco y mortífero.
Pero no fue eso lo que despertó a Biron Farrill, arrancándole de un sueño pesado y
poco reparador. Volvió inquieto la cabeza de un lado a otro, luchando en vano contra el
zumbido en la mesilla de noche.
Extendió torpemente una mano sin abrir los ojos y cerró el contacto.
- Dígame - musitó.
Una voz surgió instantáneamente del receptor. Era áspera y fuerte, pero a Biron le faltó
la fuerza de voluntad para reducir el volumen.
- ¿Puedo hablar con Biron Farrill?
- Sí, soy yo. ¿Qué desea?
- ¿Puedo hablar con Biron Farrill? - repitió la voz con ansiedad.
Los ojos de Biron se abrier on a la densa oscuridad. Se dio cuenta de la desagradable
sequedad de su lengua, y del sutil olor que flotaba en la habitación.
- Sí, Farrill al habla. ¿Quién es usted?
Como si no le hubiese oído, su interlocutor insistió.
- ¿Hay alguien ahí? Quisiera hablar con Biron Farrill.
Biron se apoyó sobre un codo y contempló el lugar donde se hallaba el visófono.
Accionó el control de la visión, y la pequeña pantalla se iluminó.
- Aquí estoy - dijo. Y reconoció las suaves y vagamente asimétricas facciones de
Sander Jonti.
- Llámame por la mañana, Jonti.
Se disponía a cerrar nuevamente el aparato, cuando Jonti dijo:
- ¡Oiga! ¡Oiga! ¿Hay alguien ahí? ¿No es University Hall, habitación cinco dos seis?
¡Oiga!
De pronto Biron observó que la pequeña luz piloto indicadora del funcionamiento del
circuito de emisión estaba apagada. Lanzó un juramento en voz baja y apretó el
interruptor, pero éste siguió cerrado. En aquel momento Jonti cortó y la pantalla se
convirtió en un simple cuadrado vacío e iluminado.
Biron cerró el aparato. Encorvó el hombro y trató de sumergirse nuevamente en la
almohada. Se sentía molesto. En primer lugar, nadie tenía derecho a chillarle en plena
noche. Echó un vistazo al reloj cuyas cifras levemente luminosas brillaban sobre la
cabecera de la cama: eran las tres y cuarto. Las luces de la casa no se encenderían hasta
dentro de cuatro horas.
Además, no le gustaba despertarse en la completa oscuridad de su habitación. El
hábito de esos cuatro años no le había curtido lo bastante para acostumbrarle a los
edificios del hombre terrestre, estructuras de cemento armado, bajas, gruesas y sin
ventanas. Se trataba de una tradición milenaria que databa de los días en que la primitiva
bomba nuclear no había sido contrarrestada por la defensa del campo de fuerza.
Pero aquello había pasado. La guerra atómica había infligido lo peor a la Tierra. La
mayor parte del planeta era extremadamente radiactivo y estéril. No quedaba nada que
perder, y, sin embargo, la arquitectura reflejaba los antiguos temores, de modo que
cuando Biron se despertó no había a su alrededor más que una oscuridad total.
Biron se alzó nuevamente sobre el codo. Aquello resultaba extraño. Esperó. No era que
hubiese percibido el fatal murmullo del dormitorio. Era algo quizás aún menos perceptible,
y desde luego infinitamente menos mortífero.
Echaba de menos el suave movimiento del aire, que uno daba por supuesto, aquella
señal de la continua renovación. Trató de tragar saliva y no lo consiguió. La atmósfera
parecía haberse hecho opresiva, al tiempo que se daba cuenta de la situación. El sistema


de ventilación había dejado de funcionar; ahora verdaderamente se sentía enojado. Y ni
siquiera podía usar el visófono para dar cuenta del hecho.
Lo intentó de nuevo, para asegurarse. Apareció el lec hoso cuadrado de luz que lanzó
una leve reflexión perlina sobre la cama. Funcionaba, pero no emitía. Bien, no importaba.
En todo caso, no harían nada para remediarlo antes que se hiciera de día.
Bostezó, buscando a tientas sus zapatillas, mientras se frotaba los ojos con las palmas
de las manos. Conque no había ventilación, ¿verdad? Eso explicaba aquel olor raro.
Frunció el ceño y olfateó intensamente varias veces. Fue inútil. Se trataba de algo familiar,
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