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rsaldano

on May 23, 2009
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04 El Sol Desnudo -Asimov, Isaac

1


E L S O L E L S O L
D E S N U D O D E S N U D O










Isaac Asimov


Isaac Asimov


Título original: The Naked Sun
Traducción: Tony López
© 1957 by Isaac Asimov
© 1980, Ediciones Martínez Roca S. A.
Gran Vía 774, Barcelona
ISBN 84-270-0572-5
Edición digital de Umbriel. Mayo de 2002.
R6 05/02


1 - Donde se formula una pregunta

Elías Baley pugnó denodadamente por dominar el pánico. Durante dos semanas el
miedo había ido en aumento. Empezó a sentirlo desde el mismo día en que requirieron su
presencia en Washington para decirle, como si tal cosa, que le habían asignado su nuevo
destino.
Aquella convocatoria era de por sí bastante turbadora. Pero, además, había llegado sin
previo aviso, como si se tratase de una citación, lo que contribuía aún más a empeorar las
cosas. Al propio tiempo le adjuntaban unas tarjetas de embarque que comprendían
sendos viajes de ida y vuelta en avión, lo cual resultaba doblemente intranquilizador.
Por una parte, el miedo derivaba de la sensación de urgencia que despertaba la orden
de tomar el avión, y por otra, del hecho de tener que utilizar este medio de transporte; ni
más ni menos. Sin embargo, por el momento no era más que un temor incipiente y, por
ello mismo, fácil de dominar.
A fin de cuentas, Elías Baley ya había volado en cuatro ocasiones. Una vez incluso
cruzó el continente. Así, pues, aunque viajar en avión le resultara poco grato, tampoco era
como dar un paso en el vacío.
El vuelo de Nueva York a Washington sólo duraría una hora, y el aparato despegaría
de la pista número 2 del aeropuerto de Nueva York. Esta pista, como todas las oficiales,
estaba convenientemente encerrada y cubierta y contaba con una compuerta que se abría
para dar salida al espac io libre una vez el avión había alcanzado la velocidad de
despegue. La llegada se efectuaría por la pista número 5 de Washington, protegida de
forma similar.
Además, como Baley sabía muy bien, el avión no tenía ventanillas, pero sí una
excelente iluminación, buena comida y toda clase de facilidades. El vuelo teledirigido se
realizaría sin contratiempos, y apenas tendría sensación de movimiento cuando el avión
se hallase en el aire.
Se dijo estas cosas a sí mismo y a Jessie, su mujer, que nunca había volado y que se
mostraba muy aprensiva en lo tocante a esta clase de experiencias.
De pronto, ella manifestó con disgusto:
- Elías, no me gusta en absoluto que tomes el avión. No me parece natural. ¿Por qué
no utilizas los expresos subterráneos?
- Porque tardaría diez horas - repuso Baley con un rictus amargo en su semblante - y
porque pertenezco a las fuerzas de policía de la ciudad y tengo que acatar las órdenes de
mis superiores si quiero conservar mi grado de C-6 en el escalafón.
Era un argumento irrebatible.
Baley tomó el avión y procuró mantener la vista fija en la cintanoticiario que se iba
desenrollando lenta e ininterrumpidamente en el distribuidor, situado a la altura de los
ojos. La Ciudad se enorgullecía de aquel servicio, que incluía noticiarios, artículos, notas
de humor, temas educativos y alguna que otra novela. La gente pensaba que tarde o
temprano se sustituirían las cintas por películas; de este modo el pasajero, calándose un
visor, conseguiría abstraerse todavía más de lo que ocurría a su alrededor.
Baley mantenía la vista fija en la cinta, no sólo para distraerse, sino porque así lo
requería las normas de cortesía. En efecto, había observado que en el avión viajaban
otros cinco pasajeros, y cada uno de ellos tenía derecho a sentir en su fuero interno todo
el temor y la ansiedad que su naturaleza y educación le llevasen a experimentar. Desde
luego, a Baley le habría molestado que fisgonearan en su estado de ánimo. No deseaba
que ojos extraños viesen cómo se le ponían blancos los nudillos cuando sus manos
oprimían los brazos del asiento, ni la mancha de sudor que dejaban sobre la tapicería.


«Estoy encerrado; este avión es como una ciudad en miniatura», se dijo. Pero no
quería engañarse a sí mismo. Tenía poco más de dos centímetros de acero a su
izquierda, lo tocaba con el codo. Y al otro lado, nada... ¡Bueno, sí, aire! Pero eso era lo
mismo que nada. Mil quinientos kilómetros de aire por un lado, mil quinientos por el otro y
kilómetro y medio, quizá dos, bajo sus pies.
Casi hubiese preferido poder echar un vistazo hacia abajo, avizorar la superficie de las
Ciudades subterráneas que estaban sobrevolando: Nueva York, Filadelfia, Baltimore,
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