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nellys

on May 22, 2009
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Los que Vivimos -Ayn Rand

1


Ayn Rand\Los que vivimos




Plaza & Janes, Editores







Título del original inglés, We the living
Traducción, Fernando Acevedo Cubierta, Cobos
Círculo de Lectores, S.A. Lepanto, 350, 5.° Barcelona
Edición no abreviada
Edición especial exclusivamente para el Círculo de Lectores
Queda prohibida su venta a toda persona que no pertenezca al Círculo
© Plaza & Janes, Editores, SA., 1962
Depósito legal B. 6349-67
Compuesto por Printer en Garamond 9
Impreso y encuadernado por Printer
Printed in Spain


ÍNDICE
 TOC \o "1-3" \h \z \u Primera parte  PAGEREF _Toc163550009 \h 4
 HYPERLINK \l "_Toc163550010" Segunda parte  PAGEREF _Toc163550010 \h 194
































Primera parte


Capítulo primero
Petrogrado olía a ácido fénico.
Una bandera de un rosa grisáceo, que en otro tiempo había sido roja, ondeaba en medio del armazón de hierro. Altas vigas se eleva-ban hasta un techo de claraboyas, gris como el mismo hierro a cau-sa del polvo acumulado durante tantos años. En algunos puntos la claraboya estaba rota, horadada por golpes ya olvidados, y las agu-das aristas se erguían sobre un cielo tan gris como la claraboya. La bandera terminaba, por abajo, en una franja de telarañas, debajo de la cual figuraba un gran reloj de estación de ferrocarril, con sus nú-meros negros sobre un cuadrante amarillo sin cristal. Debajo del reloj, un montón de caras pálidas y de gabanes grasientos aguarda-ba el tren.
Kira Argounova entraba en Petrogrado erguida, inmóvil, de pie junto a la puerta de un vagón de ganado con la elegante indiferen-cia del viajero de un trasatlántico de lujo. Llevaba un viejo vestido de color azul turquí, sus finas piernas bronceadas estaban desnudas, un raído pañuelo de seda le ceñía el cuello y un gorro de punto con una borla amarilla clara le protegía los cabellos. Su boca era serena, sus ojos ligeramente dilatados, su mirada incrédula, arrobada por la solemne espera, como la de un guerrero que va a entrar en una ciudad extranjera y no sabe todavía si va a hacerlo como conquista-dor o como prisionero.
Los vagones que iban entrando bajo la cubierta rebosaban de seres humanos y de fardos: fardos envueltos en sábanas, periódicos, sa-cos de harina, seres humanos enfardados en abrigos y chales hara-pientos. Los fardos, que habían servido de camas, habían perdido toda forma, y el polvo había surcado la piel árida y agrietada de ros-tros que habían perdido toda expresión.
Lentamente, como cansado, el tren se detuvo. La última parada de un largo viaje a través de las devastadoras llanuras de Rusia. Se habían necesitado dos semanas para un viaje de tres días desde Cri-mea a Petrogrado. En 1922 los ferrocarriles, como todo lo demás, estaban por organizar. La guerra civil había terminado y se habían borrado los últimos vestigios del Ejército Blanco. Pero la mano del Régimen Rojo que gobernaba el país había olvidado las redes fe-rroviarias y los hilos del telégrafo. Debido a la absoluta falta de indicaciones y de horarios nadie sabía cuándo saldría un tren ni cuán-do debía llegar. Y sólo la vaga noticia de una llegada posible bas-taba para atraer a todas las estaciones de la línea una multitud de viajeros ansiosos. Durante horas y aun durante días enteros aguar-daban sin atreverse a dejar el lugar donde, dentro de un minuto o de una semana, podía aparecer el tren. El sucio pavimento de las salas de espera estaba impregnado de olor a humanidad: sobre los fardos echados por el suelo estaban tendidos los cuerpos de los via-jeros adormecidos. Para engañar el hambre, se masticaban pacien-temente duros mendrugos de pan y semillas de girasol; por espacio de semanas enteras, la gente no se mudaba la ropa. Cuando, por fin, gimiendo y jadeando, llegaba el tren, era asaltado ferozmente, a la desesperada, con los puños y con los pies. La gente se agarraba como ostras a los estribos, a los topes, a los techos de los vagones. En su afán por subir perdía el equipaje e in-cluso los hijos. Y el tren, sin el menor aviso, sin que sonase ni una campana, arrancaba de un momento a otro llevándose a los que habían logrado subir a él.
Kira Argounova no había iniciado el viaje en un vagón de ganado. Al principio había conquistado un buen sitio; la mesita bajo la ventana de un coche de tercera clase. La mesita era el lugar más destacado del compartimiento y Kira el punto de mira de la aten-ción general. Un joven oficial de los soviets consideraba apreciati-vamente la línea de su cuerpo que se dibujaba sobre el fondo claro de la ventana sin cristal: una gruesa señora cubierta de pieles ob-servaba indignada la actitud desafiadora de aquella muchacha que hacía pensar en una bailarina de café concierto empinada en el ta-burete de un bar entre copas de champaña; sin embargo, la baila-rina tenía un rostro tan severo y arrogante que tal vez -pensó la señora- parecía mejor estar sobre un pedestal que sobre una mesa de café concierto. Durante largas millas, los viajeros de aquel co-che habían visto desfilar ante sus ojos los campos y las llanuras de Rusia, como fondo a un altivo perfil que se destacaba de una masa de negros cabellos que el viento se llevaba hacia atrás, dejan-do libre una despejada frente.
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