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nellys

on May 18, 2009
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04 - El Oro del Rey - Arturo Perez Reverte

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LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN ALATRISTE

ARTURO

PÉREZ-REVERTE




A Antonio Cardenal,
por diez años de amistad,
cine y estocadas.


¿Qué se saca de aquesto? ¿Alguna gloria?
¿Algunos premios, o aborrecimiento?
Sabrálo quien leyere nuestra historia.

Garcilaso de la Vega


I. LOS AHORCADOS DE CÁDIZ
«Ya estamos muy abatidos, porque los que nos han de honrar
nos desfavorecen. El solo nombre de español, que en
otro tiempo peleaba y con la reputación temblaba de él
todo el mundo, ya por nuestros pecados lo tenemos casi per-
dido...»

Cerré el libro y miré a donde todos miraban. Después de varias
horas de encalmada, el Jesús Nazareno se adentraba en la bahía,
impulsado por el viento de poniente que ahora henchía entre crujidos
la lona del palo mayor. Agrupados en la borda del galeón,
bajo la sombra de las grandes velas, soldados y marineros señalaban
los cadáveres de los ingleses, muy lindamente colgados bajo
los muros del castillo de Santa Catalina, o en horcas levantadas a
lo largo de la orilla, en la linde de los viñedos que se asomaban al
océano. Parecían racimos de uvas esperando la vendimia, con la
diferencia de que a ellos los habían vendimiado ya.

-Perros -dijo Curro Garrote, escupiendo al mar.

Tenía la piel grasienta y sucia, como todos nosotros: poca agua
y jabón a bordo, y liendres como garbanzos después de cinco semanas
de viaje desde Dunquerque por Lisboa, con los veteranos
repatriados del ejército de Flandes. Se tocaba con resentimiento el


brazo izquierdo, medio estropeado por los ingleses en el reducto
de Terheyden, contemplando satisfecho la restinga de San Sebastián;
donde, frente a la ermita y su torre de la linterna, humeaban
los restos del barco que el conde de Lexte había hecho incendiar
con cuantos muertos propios pudo recoger, antes de reembarcar a
su gente y retirarse.

-Han ajustado lo suyo -comentó alguien.

-Más lucido sería el cobro -apostilló Garrote- si nosotros llegáramos
a tiempo.

Se le traspasaban las ganas de colgar él mismo algunos de
aquellos racimos. Porque ingleses y holandeses habían venido sobre
Cádiz una semana atrás, tan prepotentes y sobrados como
solían, con ciento cinco naves de guerra y diez mil hombres, resueltos
a saquear la ciudad, quemar nuestra armada en la bahía y
apoderarse de los galeones de las flotas del Brasil y Nueva España,
que estaban al llegar. Su talante vino más tarde a contarlo el gran
Lope de Vega en su comedia La moza de cántaro, con el soneto famoso:


Atrevióse el inglés, de engaño armado,
porque al león de España vio en el nido...

Y de esa manera había llegado el de Lexte, taimado, cruel y pirata
como buen inglés -aunque los de su nación se adobaran siempre
con fueros e hipocresía-, desembarcando mucha gente hasta
rendir el fuerte del Puntal. En aquel tiempo, ni el joven Carlos I ni
su ministro Buckingham perdonaban el desplante hecho cuando
el primero pretendió desposar a una infanta de España, y se le en



tretuvo en Madrid dándole largas hasta que terminó de vuelta a
Londres y muy corrido -me refiero al lance, que recordarán vuestras
mercedes, en que el capitán Alatriste y Gualterio Malatesta estuvieron
en un tris de agujerearle el jubón-. En cuanto a Cádiz, a
diferencia de lo que pasó treinta años antes cuando el saco de la
ciudad por Essex, esta vez no lo quiso Dios: nuestra gente estaba
puesta sobre las armas, la defensa fue reñida, y a los soldados de las
galeras del duque de Fernandina se unieron los vecinos de Chiclana,
Medina Sidonia y Vejer, amén de infantes, caballos y soldados
viejos que por allí había; y con todo esto dieron tan recia brasa a
los ingleses que se les estorbó con buena sangría el propósito. De
manera que, tras sufrir mucho y no pasar de donde se hallaba,
reembarcó Lexte a toda prisa, conocedor de que en lugar de la flota
del oro y la plata de Indias, lo que venían eran nuestros galeones,
seis barcos grandes y otras naves menores españolas y portuguesas
-en ese tiempo compartíamos imperio y enemigos gracias a
la herencia materna del gran rey Felipe, el segundo Austria- todas
con buena artillería, soldados de tercios reformados y veteranos
con licencia, gente muy hecha al fuego en Flandes; que enterado
nuestro almirante del suceso en Lisboa, forzaba el trapo para
acudir a tiempo.

El caso es que ahora las velas herejes eran puntitos blancos en el
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