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Dominique Lapierre / Larry Collins ¿Arde Nueva York? Planeta Internacional Dominique Lapierre / Larry Collins ¿Arde Nueva York? Traducción de Juana Bignozzi Planeta Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados Título original: New York brüle-t-il? © Pressinter y Larry Collins, 2004 © por la traducción, Juana Bignozzi, 2004 © Editorial Planeta, S. A., 2004 Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España) Realización de la sobrecubierta: Departamento de Diseño de Editorial Planeta Ilustración de la sobrecubierta: © Derek P. Readfearn/Getty Images Primera edición: marzo de 2004 Segunda edición: abril de 2004 Tercera edición: mayo de 2004 Depósito Legal: M. 11.909-2004 ISBN 84-08-05088-5 Composición: Zero pre impresión, S. L. Impresión y encuademación: Brosmac, S. L. Printed in Spain - Impreso en España De los mismos autores: ¿Arde París? ...O llevarás luto por mí Oh, Jerusalén Esta noche, la libertad El quinto jinete Larry Collins: Juego mortal Laberinto Águilas negras El futuro es nuestro Dominique Lapierre: La Ciudad de la Alegría Los héroes de la Ciudad de la Alegría Más grandes que él amor Mil soles Un dólar cada mil kilómetros Luna de miel alrededor del mundo Con la colaboración de Javier Moro: Era medianoche en Bhopal A las víctimas de todos los terrorismos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que trabajan por la verdad, la justicia y la paz Si bien los autores se han permitido mezclar realidad y fic-ción, de la vida de las personas públicas que aparecen en esta obra sólo han tomado sus nombres y ciertos hechos notorios que les conciernen. El resto y, sobre todo, el desarrollo de la acción o las anécdotas que los afectan son fruto de su imagi-nación. 1 Bagdad, Iraq Enero de 2003 El Cadillac negro, con las cortinillas echadas, se desli-zaba en la noche sin luna por el camino que unía las antiguas ciudades de los califas, Damasco y Bagdad. La limusina, propiedad del dictador iraquí Saddam Hussein, estaba equipada con sistemas electrónicos capaces de interferir en el radar de cualquier caza estadounidense que se sintiera tentado de interceptar su recorrido de se-tecientos kilómetros. Al llegar a los suburbios de la capital iraquí, el coche se detuvo frente a la puerta de una primera residencia presidencial; no era el destino final de su único pasajero, al que dos guardias invitaron a subir a otro vehículo. El chófer se puso en marcha de inmediato hacia un palacio donde esperaba otro Cadillac. La maniobra se repitió una segunda vez y luego una tercera. Al igual que el pri-mero, los dos vehículos llevaban las cortinillas cuidado-samente echadas. En esos días de tensión que precedían a la invasión estado- unidense de Iraq, ningún visitante de Saddam Hussein debía ser capaz de identificar en cuál de sus numerosas residencias era admitido; para reforzar aún más estas precauciones, sólo recibía visitas por la noche. El largo recorrido del viajero terminó por fin en el puesto de guardia de un edificio rodeado por altos mu-ros. Una media docena de oficiales de seguridad, vesti-dos de negro, lo hicieron pasar a una antecámara donde, a pesar de sus vehementes protestas, fue sometido a un exhaustivo registro. Luego, oficiales de la guardia próxi-ma al dictador, vestidos de verde caqui, fueron a buscar-lo para acompañarlo al ascensor que comunicaba con el bunker subterráneo del presidente iraquí. Después de un largo descenso, la puerta se abrió a una sala llena de ordenadores, pantallas de televisión y teléfonos. Dos oficiales de seguridad hicieron subir al visitante a un coche eléctrico que se dirigió al refugio del dictador, protegido por una doble puerta blindada. Saddam Hussein estaba sentado al extremo de una larga mesa de roble barnizado. Llevaba el uniforme verde oli-va con el que solía aparecer por televisión. A diferencia de tantos jefes árabes que ostentaban con orgullo una pléyade de condecoraciones por hechos de armas en los que nunca habían participado, Saddam sólo llevaba dos pequeñas águilas doradas en las charreteras de la camisa y, en el dorso de la mano derecha, tres puntos tatuados de un azul intenso, el emblema de su tribu de Tikrit.
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