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PRIMO LEVI
La tregua Título de la edición original: La tregua © Giulio Einaudi, Editore, 1963 La primera edición en castellano de esta obra se publicó en la colección Literatura en 1988 Primera edición en esta colección: noviembre de 2001 Segunda edición: diciembre de 2005 © de la traducción: Pilar Gómez Bedate, 1988 ® de esta edición: Grup Editorial 62, S. L. U. El Aleph Editores Peu de la Creu, 4, 08001 Barcelona correu@grup62.com www.grup62.com Fotocompuesto en Víctor Igual, S. L. Impreso en Novagráfik, S. L., Pol. Ind. Foinvasa, Vivaldi, 5, 08110 Montcada i Reixac. ISBN: 84-7669-458-X Depósito legal: B. 41.049-2005 Soñábamos en las noches feroces Sueños densos y violentos Soñados con el alma y con el cuerpo: Volver; comer, contar lo sucedido. Hasta que se oía breve sofocada La orden del amanecer: «Wstawa »; Y el corazón se nos hacía pedazos. Ahora hemos vuelto a casa, Tenemos el vientre ahíto, Hemos terminado de contar nuestra historia. Ya es hora. Pronto escucharemos de nuevo La orden extranjera: «Wstawa ». 11 de enero de 1946 El deshielo En los primeros días de enero de 1945, bajo el empuje del Ejército Rojo, ya cercano, los alemanes habían evacuado apresuradamente la cuenca minera silesiana. Mientras en otras partes, en circunstancias análogas, no habían dudado en destruir a sangre y fuego los Lager con todos sus ocupantes, en el distrito de Auschwitz actuaron de distinta manera: órdenes superiores (a lo que parece dictadas personalmente por Hitler) imponían la «recuperación», costase lo que costase, de todos los hombres que pudiesen ser capaces de trabajar. Por ello, todos los prisioneros sanos fueron evacuados, en condiciones espantosas, hacia Buchenwald y Mauthausen, mientras los enfermos fueron abandonados a su destino. Varios indicios permiten deducir la primera intención alemana de no dejar ni un hombre vivo en los campos de concentración, pero un violento ataque aéreo nocturno, y la rapidez del avance ruso, indujeron a los alemanes a cambiar de opinión, y a emprender la huida dejando incompletos su deber y su obra. En la enfermería del Lager de Buna-Monowitz habíamos quedado ochocientos. Cerca de quinientos murieron de sus dolencias, de hambre y de frío, antes de que llegasen los rusos, y otros doscientos, a pesar de los cuidados recibidos, durante los días inmediatamente posteriores. La primera patrulla rusa avistó el campo hacia mediodía del 27 de enero de 1945. Charles y yo fuimos los primeros en divisarla: estábamos llevando a la fosa común el cadáver de Sómogyi, el primer muerto de nuestros compañeros de habitación. Volcamos la camilla sobre la nieve sucia, porque la fosa estaba llena ya y no había otra sepultura: Charles se quitó el gorro, saludando a los vivos y los muertos. Eran cuatro soldados jóvenes a caballo, que avanzaban cautelosamente, metralleta en mano, a lo largo de la carretera que limitaba el campo. Cuando llegaron a las alambradas se pararon a mirar, intercambiando palabras breves y tímidas, y lanzando miradas llenas de extraño embarazo a los cadáveres descompuestos, a los barracones destruidos y a los pocos vivos que allí estábamos. Nos parecían asombrosamente corpóreos y reales, suspendidos (la carretera estaba más en alto que el campo) sobre sus enormes caballos, entre el gris de la nieve y el gris del cielo, inmóviles bajo las oleadas de viento húmedo y amenazador del deshielo. Nos parecía, y era así, que la nada llena de muerte en que dábamos vueltas desde hacía diez días había encontrado su centro sólido, un núcleo de condensación: cuatro hombres armados, pero no armados contra nosotros; cuatro mensajeros de paz, de rostro rudo e infantil bajo los pesados cascos de pieles. No nos saludaban, no sonreían; parecían oprimidos, más aún que por la compasión, por una timidez confusa que les sellaba la boca y les clavaba la mirada sobre aquel espectáculo funesto. Era la misma vergüenza que conocíamos tan bien, la que nos invadía después de las selecciones, y cada vez que teníamos que asistir o soportar un ultraje: la vergüenza que los alemanes no conocían, la que siente el justo ante la culpa cometida por otro, que le pesa por su misma existencia, porque ha sido introducida irrevocablemente en el mundo de las cosas que existen, y porque su buena voluntad ha sido nula o insuficiente, y no ha sido capaz de contrarrestarla. Así, la hora de la libertad sonó para nosotros grave y difícil,
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