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nellys999

on Apr 02, 2009
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Venganza_de_Angeles-Sidney Sheldon

1


SIDNEY SHELDON
CIRCULO DE LECTORES


Titulo del original inglés,
Rage of angels
Traducción, Alicia Dellepiane Rawson
Cubierta, Juan Falco
Ediciones Nacionales
Círculo de Lectores
Edinal Ltda
Calle 57, 6-35, Bogotá
© Sidney Sheldon, 1980
© Emecé Editores, S.A., Buenos Aires, 1980
Edición digital: Edcare - Colombia
Impreso y encuadernado por
Printer Colombiana
Calle 64, 88A-3O
Bogotá 1981
Printed in Colombia
Edición no abreviada
Licencia editorial para Círculo de Lectores
por cortesía de Emecé Editores
Queda prohibida su venta a toda persona
que no pertenezca a Círculo


Este libro está dedicado con amor
a Mary
La Octava Maravilla del mundo


Los personajes y los hechos de esta novela son imaginarios. Sin embargo, el antecedente es real y estoy en deuda con los que generosamente me dieron información. En unos pocos casos he creído necesario tomarme unas licencias dramáticas. Cualquier error en los hechos o en la parte legal es sólo mío.
Mi más profunda gratitud por haber compartido conmigo sus vidas y experiencia en la sala del Tribunal a F. Lee Bailey, Melvin Belli, Paul Caruso, William Hundley, Luke McKissack, Louis Nizer, Jerome Shestack y Peter Taft.
En California, fue de gran ayuda el Honorable Wm. Matthew Byrne del Tribunal de Justicia de los Estados Unidos.
Tengo una gran deuda de gratitud con Mary de Bourbon, de la oficina del Fiscal del distrito de Nueva York, por haberme enseñado las intimidades del trabajo en la Corte de Justicia; con Phil Leshin ex asistente del comisionado de Asuntos Públicos del Correccional de la ciudad de Nueva York por acompañarme a la isla Riker y con Pat Perry el asistente delegado del alcalde de la isla Riker.
El consejo y la supervisión de Barry Dastin fueron incalculables
Mi reconocimiento para Alice Fisher por su ayuda en investigar para este libro.
Y, finalmente, gracias también a Catherine Munro, que paciente y cuidadosamente transcribió y pasó a máquina lo que era en un principio un manuscrito de mil páginas, haciéndolo más de doce veces durante casi tres años.
SIDNEY SHELDON


«...Háblanos de las secretas huestes del maligno, oh Cimón...»
«Sus nombres no deberán ser pronunciados en voz alta
para que no profanen los labios mortales.
Ellos salen de las impías tinieblas
y atacan los cielos pero fueron ahuyentados por la ira de los ángeles...»
de los Diálogos de Chíos


LIBRO PRIMERO


1
Nueva York: 4 de septiembre de 1969
Los cazadores se acercaban para la matanza.
Dos mil años antes en la antigua Roma, la contienda hubiera tenido lugar en el Circo de Nerón o en el Coliseo, en donde leones voraces, se acercarían cautelosamente a la víctima en un ruedo de arena y sangre, impacientes por despedazarla. Pero esto sucedía en el civilizado siglo veinte y el Circo tenía por escenario el edificio de los Tribunales del Crimen de Manhattan, en la sala número 16 del Tribunal.
Allí no había ningún Suetonio para hacer la crónica de los hechos para la posteridad, pero en cambio había muchísimos miembros de la prensa y visitantes atraídos por los titulares de los periódicos sobre el juicio por asesinato, que hacían cola fuera de la sala del tribunal a las siete en punto de la mañana para conseguir asiento.
Michael Moretti, la presa, sentado en el lugar del acusado, silencioso, era un hombre buen mozo de unos treinta años. Alto y delgado, con un rostro al que la angulosidad le daba una apariencia fuerte y severa. El pelo negro peinado elegantemente a la moda, una prominente barbilla con un inesperado hoyuelo y ojos profundamente hundidos de color negro aceituna. Llevaba un traje gris hecho a medida, una camisa celeste con una corbata azul oscuro de seda y pulcros zapatos hechos a medida. A no ser por sus ojos, que constantemente recorrían la sala del tribunal, Michael Moretti estaba inmóvil.
El león que lo atacaba era Robert Di Silva, el apasionado Fiscal del distrito de Nueva York en representación del Pueblo. Si Michael Moretti irradiaba quietud, Robert Di Silva emitía dinamismo, un hombre de los que van por el mundo pensando que llegan cinco minutos tarde a una cita. Estaba en constante movimiento, peleando con sombras de adversarios invisibles. Era de baja estatura y vigoroso con el pelo grisáceo con un corte anticuado. Di Silva había boxeado en su juventud y llevaba los rastros en su nariz y en la cara. Una vez había matado a un hombre en el ring y nunca se arrepintió de ello. En los años siguientes sin embargo tuvo que aprender a tener compasión.
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