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Español
#124272
kalaconh
kalaconh

Apr 02, 2009
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El ANillo

KASSANDRA
Capitulo 1
KASSANDRA VON GOTFHARD estaba tranquilamente sentada en la orilla del lago en el parque de
Charlottenburger, contemplando cómo los rizos del agua se alejaban. Con lentitud del sitio donde había
caído el guijarro que acababa de arrojar. Los largos y gráciles dedos sostenían otra piedrecilla lisa,
parecieron vacilar un instante y luego la lanzaron también hacia el agua, a la buena de Dios. Era un cálido
y soleado día de fines de verano, y los cabellos de ella, de un dorado pajizo, caían en una pronunciada y
suave onda sobre los hombros, sujetos por una peineta de marfil que los mantenía apartados de su rostro.
La línea que dibujaba la peineta en los tersos cabellos dorados era tan perfecta y graciosa como las
facciones de la joven. Sus ojos eran enormes y almendrados, del mismo azul intenso que teñía el lecho de
flores que se extendía a sus espaldas. Eran ojos que prometían risas, y al mismo tiempo insinuaban que
podían ofrecer ternura; eran ojos capaces de acariciar e importunar, para luego volverse meditabundos,
como si se sumieran en un sueño remoto tan alejado del presente como el Charlottenburger Schloss, en la
otra orilla del lago, se hallaba distante de la bulliciosa ciudad. El viejo castillo parecía contemplarla desde
su intemporalidad, como si la joven perteneciera más bien a su época y no a la actual.
Sentada sobre el césped en la orilla del lago. Kassandra parecía
La figura femenina extraída de un cuadro o de un sueño. Sus delicadas manos palpaban suavemente la
hierba en busca de otro guijarro para arrojarlo al lago. Allí cerca, los patos se metían en el agua mientras
dos niños batían palmas con alborozo. Kassandra les observaba y pareció escrutar sus caritas durante un
largo rato, mientras los pequeños reían y se alejaban corriendo.
- ¿En qué estabas pensando?
La voz que sonó a su lado la sacó de su ensueño, y ella se volvió esbozando una lenta sonrisa.
-En nada.
La sonrisa se ensanchó al tiempo que la joven le tendía la mano, y el anillo con sello cuajado de
diamantes y de complicado diseño que lucía en ella refulgió bajo los rayos del sol. Pero el joven no lo
advirtió. Las joyas que Kassandra llevaba no significaban nada para él. Era Kassandra quien le intrigaba,
quien parecía guardar celosamente el misterio de la vida y de la belleza. Aquella mujer era como un
interrogante cuya respuesta él nunca conocería, una ofrenda que jamás llegaría a poseer completamente.
Se habían conocido el invierno anterior, en una fiesta con la que se celebraba la aparición del segundo
libro de él, Der. Kuss. Con su estilo franco y directo, causó conmoción en toda Alemania durante un
tiempo, pero a pesar de todo el libro fue más aclamado que el primero. La narración denotaba una honda
sensibilidad y poseía una profunda carga erótica, y su lugar en el pináculo del movimiento literario
contemporáneo de Akmania parecía asegurado. Era un autor polémico, moderno, a veces ofensivo, pero
sobre todo poseía también un gran talento. A los treinta y tres años, Dolff Sterne había alcanzado la cima.
Y entonces había visto materializarse su sueño.
La belleza de Kassandra le dejó sin aliento la noche que se conocieron. Había oído hablar de ella, pues en
Berlín todo el mundo sabía quién era. Parecía intocable, inalcanzable, y tenía un aspecto increíblemente
frágil. Dolff experimentó algo semejante a .una punzada dolorosa cuando la vio por primera vez, ataviada
con un ceñido vestido de seda recamado en oro, con la reluciente cabellera apenas cubierta por un
sombrerito dorado y un abrigo de marta cebellina doblado en el brazo. Pero no fueron los adornos
dorados ni las pieles de marta lo que le dejaron pasmado. Sino su presencia, su aire distante y su silencio
en el clamor de la sala, y finalmente sus ojos. Cuando ella se volvió y le sonrió, por un instante Dolff tuvo
la impresión de que estaba a punto de sufrir un colapso.
-Felicitaciones.
- ¿Por qué?
La miró fijamente unos segundos, como si hubiese perdido el habla y con la sensación de que sus treinta y
tres años se habían reducido a diez, hasta que advirtió que también ella estaba nerviosa. No era en
absoluto como él la había imaginado. Era elegante, pero no altanera. Sospechó que estaba intimidada por
las miradas descaradas de los presentes. Kassandra se había marchado temprano, desapareciendo como la
Cenicienta mientras él saludaba a los invitados. Sintió deseos de correr tras ella, de buscarla, de verla de
nuevo, aunque sólo fuese por un instante, de volver a admirar sus ojos de color de espliego.

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