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ROBERTO SAVIANO
Gomorra Traducción de Teresa Clavel y Francisco J. Ramos Roberto Saviano nació en 1979 en Nápoles, donde vivía y trabajaba hasta que en septiembre de 2006 el éxito de Gomorra, su primer libro, en el que cita nombres y lugares, le ha obligado a vivir oculto y bajo protección policial permanente. Miembro del grupo de estudios sobre la Ca-morra y la ilegalidad, y colaborador de los periódicos Il Manifesto e Il Corriere del Mezzogiorno, sus narraciones y reportajes han aparecido en numerosas publicaciones y antologías. Para S., maldición Comprender qué significa lo atroz, no negar su existencia, afrontar sin prejuicios la realidad. HANNAH ARENDT Los que vencen, cualesquiera que sean los medios empleados, nunca se avergüenzan. NICOLÁS MAQUIAVELO La gente es escoria y debe seguir siendo escoria. De una grabación de un teléfono pinchado El mundo es tuyo. El precio del poder, 1983 El puerto El contenedor se balanceaba mientras la grúa lo transportaba hacia el barco. Como si estuviera flotando en el aire, el spreader, el mecanis-mo qué engancha el contenedor a la grúa, no lograba controlar el movimiento. Las puertas mal cerradas se abrieron de golpe y empe-zaron a llover decenas de cuerpos. Parecían maniquíes. Pero en el suelo las cabezas se partían corno si fueran cráneos de verdad. Y eran cráneos. Del contenedor salían hombres y mujeres. También algunos niños. Muertos. Congelados, muy juntos, uno sobre otro. En fila, apretujados como sardinas en lata. Eran los chinos que no mueren nunca. Los eternos que se pasan los documentos de uno a otro. Ahí es donde habían acabado. Los cuerpos que las imaginaciones más ca-lenturientas suponían cocinados en los restaurantes, enterrados en los huertos de los alrededores de las fábricas, arrojados por la boca del Vesubio. Estaban allí. Caían del contenedor a decenas, con el nom-bre escrito en una tarjeta atada a un cordón colgado del cuello. To-dos habían ahorrado para que los enterraran en su ciudad natal, en China. Dejaban que les retuviesen un porcentaje del sueldo y, a cam-bio, tenían garantizado un viaje de regreso una vez muertos. Un es-pacio en un contenedor y un agujero en un pedazo de tierra china. Cuando el hombre que manejaba la grúa del puerto me lo contó, se tapó la cara con las manos y siguió mirándome a través del espacio que había dejado entre los dedos. Como si aquella máscara de manos le infundiera valor para hablar. Había visto caer cuerpos y ni siquie-ra había tenido que dar la voz de alarma, que avisar a nadie. Simple-mente había depositado el contenedor en el suelo, y decenas de per-sonas surgidas de la nada los habían metido todos dentro y habían retirado los restos con un aspirador. Así era como funcionaban las cosas. Todavía no acababa de creérselo, esperaba que fuese una aluci-nación debido al exceso de horas extraordinarias. Juntó los dedos para taparse la cara por completo y prosiguió su relato gimoteando, pero yo ya no entendí lo que decía. Todo lo que existe pasa por aquí. Por el puerto de Nápoles. No hay producto manufacturado, tela, artículo de plástico, juguete, martillo, zapato, destornillador, perno, videojuego, chaqueta, pantalón, taladro o reloj que no pase por el puerto. El puerto de Nápoles es una heri-da. Ancha. Punto final de los interminables viajes de las mercancías. Los barcos llegan, entran en el golfo y se acercan a la dársena como cachorros a las ubres, con la diferencia de que no tienen que succio-nar sino, por el contrario, ser ordeñados. El puerto de Nápoles es el agujero del mapamundi por donde sale lo que se produce en China, o Extremo Oriente, como todavía se divierten en llamarlo los cro-nistas. Extremo. Lejanísimo. Casi inimaginable. Si uno cierra los ojos ve kimonos, la barba de Marco Polo y una pierna levantada de Bru-ce Lee dando una patada. En realidad, ese Oriente está más unido al puerto de Nápoles que ningún otro lugar. Aquí, el Oriente no tie-ne nada de extremo. El cercanísimo Oriente, el vecino Oriente de-berían llamarlo. Todo lo que se produce en China es vertido aquí. Como volcar un cubo lleno de agua en un hoyo hecho en la arena: el agua, al caer, erosiona
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