La misteriosa muerte de Joaquín corrió de boca en boca por Santa Julieta tan rápido como si la noticia hubiera sido dada con un megáfono. Al día siguiente otro compañero de trabajo del restaurante "La Cacatúa", un ayudante de cocina llamado Paco Cochino, único testigo presencial del suicidio de Joaquín, desapareció sin dejar rastro, esfumándose como el conejo que ve bostezar a un cocodrilo. Se volatilizó como aquel que andando distraído por el campo masticando un bocadillo se cae en un pozo, sin haber dado explicaciones a nadie y sin haber podido proferir, al tener la boca llena, su postrer grito de auxilio. Cuando disipó la niebla vieron que ya no estaba allí.
La desaparición de Paco Cochino sorprendió mucho a sus más allegados, y rápido se extendieron diversas suposiciones sobre su paradero, llegándose a decir que había sido abducido por los extraterrestres, asegurándose que apareció un platillo volante y que Paco, que estaba cagando tras unos matorrales, se elevó del suelo envuelto en un haz luminoso, pero esta teoría finalmente se pudo demostrar falsa. El mismo día otro suceso, mucho más sorprendente y aterrador, eclipsaría completamente la trascendencia de su desaparición. Sin lugar a duda de entre todos los acontecimientos funestos de aquellos días, el que generó más expectación y desconcierto entre las gentes del lugar fue la aparición de una momia en pleno centro de Santa Julieta. Muchas personas vieron a la momia y todos coincidieron en calificar su aspecto de absolutamente aterrador. Lo más escalofriante que habían visto en su vida.
Durante meses, en el pequeño pueblo de Santa Julieta, proseguían los ecos de variados comentarios, dando pie a numerosas versiones de esta historia, todas ellas incompletas y carentes de veracidad. La imaginación de las personas ávidas de murmuraciones truculentas no encontraron limite que contuviera la sarta de especulaciones alocadas con que deformaron una verdad que desconocían. Las más descabelladas hipótesis proliferaron entre los niños pequeños del pueblo, muchos de los cuales vieron a la momia con total claridad, a plena luz del día. Un niño del pueblo de apenas doce años, llamado Pepito Grillo, tras su encuentro con la momia, sufrió de envejecimiento prematuro, caneándose su pelo y quedando su rostro surcado de angustiosas arrugas. Perseguido por la momia consiguió finalmente eludirla tras furibunda carrera quedando el pobre niño histérico y trastornado para el resto de su vida.
La única baja que hubo que lamentar fue la del párroco de Santa Julieta, que enfrentándose a la momia con un crucifijo, descubrió demasiado tarde que tal truco solo funciona con el Conde Drácula, y sucumbió el párroco al letal abrazo de la momia. El forense determinó que la muerte fue debida a un paro cardíaco, pero quienes vieron el cuerpo del difunto aseguraron que la expresión de su rostro era la de un mortal espanto.
Add to your private library
Mi bibliotecaAdd this story to your public reading lists