El enigma de la cacatúa
Rafael Homar Ferragut
Capítulo I
Una lamparita alumbra la mesa de mi despacho y apenas al resto de la habitación; en la mesa hay bastante desorden, y mientras avanza la noche sigo inmóvil como una estatua sumido en complejos devaneos. Se me acumulan los recuerdos en la cabeza y me doy cuenta de que son infinitas las ramificaciones que me llevan de un lugar a otro, cruzando con gran velocidad recuerdos dispersos en el tiempo. Pienso en Paco, mi alegre cerdito, el juguetón, y sin poderlo evitar me distraigo recordando la alegría de tantos momentos felices: cuando nos revolcábamos juntos en el fango o cuando lo tuve por primera vez en mis brazos. ¿Cuántas veces habré llorado a su lado? Es difícil de decir.
Pienso también en Joaquín Buenpie, personaje entrañable, buen amigo y compañero de trabajo en el restaurante "La Cacatúa". Compartimos, durante dos años de nuestras vidas, las penalidades de aquel trabajo extenuante y represivo. A pesar de haber transcurrido más de diez años recuerdo con claridad su semblante alegre de grandes mofletes, el tambalearse de su extrema obesidad y el arte con que zapateaba el suelo, dando palmadas a su vez, al son de la música de José Caracol, su ídolo. Daba la impresión que la inconsistente grasa que cubría su cuerpo por todos lados pudiera salir desprendida debido a la fuerza centrifuga de sus insólitos movimientos de baile. Por las noches, cuando ya se habían ido los clientes y empezábamos a limpiar, se ponía muy contento y pasaba la fregona cantando con gran sentimiento y pasión. Como yo, vivía en el restaurante "La Cacatúa", en las habitaciones de la parte de arriba.
Pronto se disipan de mi mente estos gratos recuerdos y se instala en su lugar con una reincidencia excesiva la inquietante expresión de su rostro el día de su muerte, dejándome, como siempre, profundamente abatido. Sus angustiosos llantos y gemidos de dolor me han perseguido en sueños desde entonces, recordándome el extremo sufrimiento de los últimos momentos de su vida, cuando en un estado de visible desesperación, completamente alterado, apareció medio desnudo en mi cuarto chillando como un energúmeno. No berrea con mayor desafuero una cabra cuando envestida por un toro emprende el primer vuelo de su vida al tiempo que esparce sus vísceras sobre la tierra. Tampoco se altera tanto la gallina clueca cuando del huevo que estaba empollando en lugar de un pollito sale un lagarto que la ataca mordiéndola en una pata.
Sufrió el pobre Joaquín Buenpie un ataque paranoico acosado por la alucinación de una rata gigante. Víctima de esta paranoia podía sentir incluso como la rata trepaba por su cuerpo y en todo lugar donde miraba creía ver la gigantesca rata, preparada para atacarle, mirándole con ojos ensangrentados. El pavor le tenía dominado y parecía sufrir un colapso nervioso.
Aquella noche sería la última de su existencia, pues poco después de que le sacara de mi cuarto restregándole una fregona por la espalda, saltó, presa del histerismo, por la ventana de su cuarto, que aun no siendo una altura excesiva bastó para que todos los órganos de su cuerpo sucumbieran a un fatal aplastamiento. Debería haberle ayudado, pero no fue lo que hice. En ningún momento pensé que pudiera cometer alguna locura, pero así fue. Cuando tuve noticia de su muerte sufrí una conmoción, un sentimiento de angustia constante y tuve que ser ingresado temporalmente en un psiquiátrico.
La extraña muerte de Joaquín fue un acontecimiento terrible y doloroso, pero fue tan sólo el principio de una serie de desgracias imprevisibles y desconcertantes. En Santa Julieta, pequeño pueblo del centro de Mallorca, ocurrieron otros misteriosos sucesos que llenaron de espanto y congoja a los vecinos del pueblo.
Como la picadura de una araña, que disemina la ponzoña infecciosa produciendo un gran dolor, se extendió la más deplorable providencia por Santa Julieta, dejando a su paso la desesperación y el dolor entre las inocentes gentes del pueblo. Sin poder preverlo se vieron envueltos en una secuencia de espantosos sucesos impredecibles bajo todo examen, que truncaron sin esperanza las ilusiones de muchas personas. El vasto poder que esgrime la fatalidad, con el cual controla el devenir de la vida de los hombres, se abalanzó sobre el pequeño pueblo con la fuerza con que una maza hiende sobre la dura tierra la colosal piqueta, golpeándola una y otra vez con la esperanza de que el burro no se vuelva a escapar. Maldad inesperada que como un cepo oculto jamás duda en cernirse con desmedida contundencia al paso del tierno cabritillo, que distraído jugaba con las mariposas. Bala con desespero su madre atrayendo al siniestro cazador, el cual, al ver semejante desastre, se siente orgulloso de su ingenio y perspicacia. Cruel, indiscriminado e irracional fue igualmente el horror que se cernió desmedido sobre la vida de aquellas humildes personas, que sucumbieron desconsolados ante tan inesperadas desgracias.
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