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mar_ag2000

on Dec 22, 2008
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EL FUEGO INTERNO ( Carlos Castañeda )

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EL FUEGO INTERNO

Carlos Castaneda


ÍNDICE


INTRODUCCIÓN 2

I. LOS NUEVOS VIDENTES 4
II. LOS PINCHES TIRANOS 7
III. LAS EMANACIONES DEL ÁGUILA 13
IV. EL RESPLANDOR DEL HUEVO LUMINOSO 19
V. LA PRIMERA ATENCIÓN 23
VI. LOS SERES INORGÁNICOS 28
VII. EL PUNTO DE ENCAJE 38
VIII. LA POSICIÓN DEL PUNTO DE ENCAJE 44
IX. EL MOVIMIENTO HACIA ABAJO 49
X. LAS GRANDES BANDAS DE EMANACIONES 54
XI. ACECHO, INTENTO Y LA POSICIÓN DE ENSUEÑO 57
XII. EL NAGUAL JULIAN 62
XIII. EL LEVANTÓN DE LA TIERRA 68
XIV. LA FUERZA RODANTE 73
XV. LOS DESAFIANTES DE LA MUERTE 77
XVI. EL MOLDE DEL HOMBRE 85
XVII. EL VIAJE DEL CUERPO DE ENSUEÑO 90
XVIII. ROMPER LA BARRERA DE LA PERCEPCIÓN 95

EPÍLOGO 98


INTRODUCCIÓN

En los últimos quince años, he escrito extensos rela¬tos sobre mis relaciones de aprendiz con un brujo indio, don Juan Matus. A causa de lo extraño de los conceptos y prácticas que don Juan quiso que yo comprendiera e interiorizara, no he tenido otra alternativa sino presentar sus enseñanzas en forma de narraciones descriptivas, relatos de lo que me ocurrió, tal como sucedió.
La organización total de las enseñanzas de don Juan se basaba en la idea de que el hombre tiene dos tipos de conciencia. El los nombró el lado derecho y el lado izquierdo, y de acuerdo a ello, dividió su instrucción en enseñanzas para el lado derecho y enseñanzas para el lado izquierdo.
Describió el primero como lo normal de todos nos¬otros, o el estado de conciencia necesario para desempe-ñarse en el mundo cotidiano. Dijo que el segundo era algo que no es normal, el lado misterioso del hombre, el estado de conciencia requerido para funcionar como brujo y vidente.
Las enseñanzas para el lado derecho las llevó a cabo en mi estado de conciencia normal. He descrito esas enseñanzas, a detalle, en todos mis relatos. Como parte de ellas, don Juan me dio a saber que él era un brujo. Incluso, me presentó a otro brujo, don Genaro Flores, y debido a la naturaleza de nuestra asociación, lógicamen¬te concluí que me habían tomado como aprendiz.
Ese aprendizaje, en mi modo de pensar de aquel entonces, culminó con un acto incomprensible que don Juan y don Genaro me hicieron ejecutar. Me hicieron saltar desde la cuna de una montaña a un abismo.
En uno de mis relatos he descrito lo que me ocurrió en aquella ocasión. Lo que yo creí que era el último drama de las enseñanzas para el lado derecho fue repre¬sentado allí, en esa cima, por el propio don Juan, don Genaro, dos aprendices, Pablito y Néstor, y yo. Pablito, Néstor y yo nos precipitamos, uno por uno, a un abis-mo.
Durante años después, creí, a pie juntillas, que mi absoluta confianza en don Juan y en don Genaro fue lo que inexplicablemente me hizo sobrevivir. Hasta llegué a creer que el sobrepasar mi pánico racional, al enfrentar mi inevitable aniquilación, fue lo que me salvó. Ahora sé que no fue así. Sé que el secreto estaba en las enseñan¬zas para el lado izquierdo, y que impartir esas ense¬ñanzas implicó tremenda disciplina y perseverancia de parte de don Juan, don Genaro y sus otros compañeros.
Me ha tomado casi diez años recordar exactamente lo que ocurrió en las enseñanzas para el lado izquierdo. Ahora sé qué fue lo que me hizo estar tan dispuesto a realizar un acto de tal magnitud: precipitarme a un abismo.
En sus enseñanzas para el lado izquierdo, don Juan dejó entrever lo que él, don Genaro y sus otros compa-ñeros realmente eran y lo que hacían conmigo. No me enseñaban brujería, ni encantamientos, me enseñaban las tres partes de un antiquísimo conocimiento que poseían; ellos llamaban a esas tres partes el estar con-ciente de ser, el acecho y el intento. Y no eran brujos; eran videntes. Y don Juan no sólo era vidente sino que también era un nagual.
En sus enseñanzas para el lado derecho, don Juan ya me había explicado muchas cosas acerca del nagual y acerca de los videntes. Entendí que ser vidente era la capacidad que tienen los seres humanos de ampliar su campo de percepción hasta el punto de poder aquila¬tar no sólo las apariencias externas sino la esencia de todo. Entre otras cosas, me había explicado que los videntes ven al hombre como un campo de energía, algo parecido a una bola de luz, o lo que él llamaba un huevo luminoso. Decía que por lo general esos campos de ener¬gía están divididos en dos secciones, y que la excepción a esta regla son los hombres y mujeres que tienen sus campos de energía divididos en tres o cuatro partes. Debido a ello, esas personas son más fuertes y adapta¬bles que el hombre común y corriente, y por lo tanto, pueden convertirse en naguales al volverse videntes.
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