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El origen del mal II
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Capítulo 9

Al otro lado de la Puerta





El comandante de la KGB Chingiz Khuv estaba frente a su subordinado, Karl Vyotsky, separados por una distancia no superior a los tres metros y viéndose a través de una finísima película lechosa tan delgada que casi resultaba invisible. Aun así, se encontraban en dos mundos diferentes. Khuv habría podido dar dos o tres pasos adelante, tender la mano y estrechar la de Vyotsky. Habría podido hacerlo, pero no se atrevía, puesto que dada la situación en que se encontraban, aunque el comandante no habría podido sacar a Vyotsky tirándole de la mano, era indudable que Vyotsky sí habría podido arrastrarlo a él hacia el interior. Con todo, podían hablar, aunque con ciertas dificultades.
-¡Karl! -le llamó Khuv-. De momento no hay manera de que puedas salir de ahí, pero tampoco puedes quedarte arrodillado como un niño abandonado. Bueno, claro que puedes, pero no te va a servir de nada. Por supuesto que podemos suministrarte alimento, naturalmente que sí, te lo arrojamos a través de la Puerta y listos. En eso Simmons se ha equivocado. Seguramente no se le ha ocurrido, pero tenía razón cuando te ha dicho que morirías. ¡Al final morirás, Karl! El tiempo que puedas tardar en morir dependerá de lo que tarde en producirse el Encuentro Seis. ¿Me sigues?
Khuv se quedó esperando la respuesta de Vyotsky. La comunicación por la Puerta era desalentadora, pero finalmente Vyotsky asintió y se puso de pie. Para conseguirlo tardó unos minutos. Entretanto, la figura del agente británico iba desapareciendo en la distancia y lenta, muy lentamente, se perdía de vista. La cara y la boca de Vyotsky comenzaron a moverse de una manera grotesca, mientras sus palabras iban llegando apagadas, sordas, lentas. Khuv le oyó decir:
-¿Qué me aconsejas?
-Simplemente, esto: vamos a equiparte exactamente igual que a Simmons, es decir, te suministraremos todo el equipo y el alimento concentrado que puedas transportar. Por lo menos tendrás las mismas oportunidades que él.
Por fin llegó la respuesta:
-¿Quieres decir que así tampoco tendré ninguna oportunidad?
-Una oportunidad mínima, la verdad sea dicha -insistió Khuv-, pero no vas a saber si la tienes hasta que intentes averiguarlo.
Llamó a un suboficial del escuadrón de soldados que tenía detrás de él y le dio órdenes tajantes y perentorias. El hombre se marchó corriendo.
-Y ahora, Karl, escucha -prosiguió Khuv-. ¿Se te ocurre alguna cosa que pueda serte útil? Me refiero a algo que no hayamos proporcionado a Simmons.
Vyotsky volvió a asentir lentamente con la cabeza y dijo:
-Una motocicleta.
Khuv se quedó con la boca abierta. No tenían ni la más mínima idea de cómo debía ser el terreno, y así se lo dijo.
-Si no me puedo montar en ella, la dejo aquí tranquilamente -respondió Vyotsky-. ¿Tan difícil es proporcionarme una motocicleta? Si supiera pilotar un helicóptero, lo pediría.
Khuv, por tanto, dio nuevas órdenes. Como cumplirlas requería tiempo, Simmons ya no era entonces más que ...

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