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El lenguaje de los muertos
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Capítulo uno
El castillo Ferenczy Transilvania, en la primera semana de septiembre de 1981... Poco más o menos una hora antes del mediodía, dos campesinas del pueblo de Halmagiu volvían a casa por un sendero del bosque. Llevaban las cestas llenas de pequeñas ciruelas silvestres y moras, las primeras de la estación. Las frutas aún estaban húmedas de rocío. Algunas de las ciruelas todavía estaban un poco verdes... ¡el estado perfecto para hacer un aguardiente bien fuerte y perfumado! Vestidas de negro, las cabezas cubiertas con pañuelos anudados bajo la barbilla, las mujeres iban cotilleando alegremente, y sus dientes relucían marfileños cuando una carcajada subrayaba una habladuría particularmente sabrosa. A la distancia, el humo azul producido por la combustión de madera se elevaba casi vertical desde las chimeneas de Halmagiu; formaba una tenue neblina por encima de la fronda de otoñales colores de los árboles del bosque. Pero más cerca, entre los árboles, ardían otros fuegos; en el aire se percibían olores de guisos de carne con especias y sopas de hierbas aromáticas. Tintineaban campanillas de plata y se oyó el chasquido de una rama cuando un niño de pelo enmarañado y ojos oscuros de mirada fija se balanceó en el columpio que había improvisado con una cuerda. Las caravanas, pintadas de colores chillones, estaban reunidas bajo los árboles en un círculo. En las afueras del improvisado recinto, los pequeños caballos, atados con cuerdas, pacían en la hierba, y revoloteaban las faldas multicolores de las muchachas que buscaban astillas para el fuego. En el interior del círculo de caravanas, las ollas de hierro negro suspendidas sobre las llamas dejaban escapar un aromático vapor que hacía agua la boca; los hombres de la tribu de los Viajeros atendían a sus asuntos o simplemente fumaban sus largas pipas con los ojos perdidos en la distancia. Eran Viajeros, sí. Vagabundos: ¡gitanos! Habían vuelto los cíngaros a la región de Halmagiu. El chico que se columpiaba divisó a las dos mujeres del pueblo y emitió un agudo silbido. Al instante cesaron el trajín, el movimiento y los ruidos en el campamento gitano: todas las miradas se posaron, al unísono, en las campesinas rumanas y en sus cestas. Los hombres gitanos tenían un fiero aspecto con sus chaquetas de cuero, pero no había hostilidad en su mirada. Los cíngaros tenían sus propios códigos, y sabían muy bien lo que les convenía. Durante más de cinco siglos los habitantes de Halmagiu habían tratado con ellos de manera muy justa, les habían comprado sus baratijas, y los habían dejado en paz. Los gitanos, a su vez, nunca causaban daño deliberadamente a ningún habitante de Halmagiu. -Buenos días, señoras -las saludó el rey de los gitanos (porque los jefes de esas bandas de vagabundos siempre se enorgullecen de ser reyes) con una reverencia desde los escalones de su caravana-. Por favor, anuncien a sus amigos del pueblo que pronto llamaremos a sus puertas; tenemos ollas y cazos de la mejor calidad, amul... Show full text: 953,162 characters
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