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Puertas de fuego
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fuego
puertas
ios y otros auxiliares que sufrían heridas de flecha y armas arrojadizas. Tam¬bién estos individuos, después del segundo día, se negaron a aceptar refugio. Las tiendas multicolores del balneario, confeccionadas con hilo egipcio, ahora hecho jirones, sólo sirvieron, como vio Su Majes¬tad, para proteger a las bestias de carga, las mulas y asnos que lleva¬ban la intendencia, que fueron presa del terror por lo que vieron y olieron de la batalla y no pudieron ser refrenados por sus conducto¬res. Al final, con la tela de las tiendas se hicieron harapos para vendar las heridas de los espartíatas y de sus aliados.
Espartíatas es el término formal en griego, spartiatai, de los lace¬demonios de clase superior, los espartanos -homoioi- pares o iguales. Nadie de la aristocracia militar o de los periecos, los griegos que no gozaban de plena ciudadanía, los alistados de las ciudades lacedemonias circundantes que lucharon en las Puertas Calientes sólo al final, cuando los espartíatas sobrevivientes eran tan escasos que no podían establecer una línea firme, permitió que cierto «elemento de mezcla», como lo expresó Dienekes, de esclavos liberados, escuderos y auxilia¬res de batalla ocupara los espacios vacíos.
Su Majestad puede, no obstante, enorgullecerse de saber que sus fuerzas derrotaron a lo mejor de la Hélade, la flor y la nata de los com¬batientes más valerosos.
Explicar mi posición dentro del cuerpo de auxiliares requiere cier¬ta digresión, con la que espero que Su Majestad tenga paciencia.
Me capturaron a la edad de doce años (o, más exactamente, me ren¬dí) como heliokekaumenos, término burlón espartano que significa li¬teralmente «quemado por el sol». Se refiere a un tipo de joven casi salvaje, de piel negra como los etíopes debido a su exposición a la in¬temperie, que abundaban en las montañas en esa época anterior y pos¬terior a la primera Guerra Médica. Al principio me arrojaron junto a los ilotas espartanos, la clase esclava que los lacedemonios habían crea¬do con los habitantes de Mesenia y Helos después de que los con¬quistaran siglos atrás. Sin embargo, aquellos agricultores me recha¬zaron a causa de ciertos defectos físicos que me hacían inútil para las labores del campo. Asimismo, los ilotas odiaban a todo extranjero que hubiera entre ellos y que pudiera ser un delator, desconfiaban de ellos. Viví una vida de perros durante casi un año antes de que el destino, la suerte o una mano divina me entregara al servicio de Aléxandros, un joven espartano y protegido de Dienekes. Esto me salvó la vida. Fui reconocido, al menos irónicamente, como nacido libre y, como daba muestras de poseer unas cualidades de bestia salvaje que los lacede¬monios encontraban admirables, fui elevado al rango de parastates pais, una especie de contertulio para los jóvenes inscritos en el agogé, el fa¬moso y despiadado régimen de formación de trece años de duración que convertía a los muchachos espartanos en guerreros.
Todo miembro de la infantería pesada de la clase e...

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